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Cuando Usain Bolt corre, el planeta tiembla y acelera su rotación. Eso se siente. No hay ninguna nube flotando como un misterio inescrutable en torno a su figura, diría Zweig. El pronóstico de expertos y profanos es directo: Usain Bolt debe ganar los 100 y los 200 metros en cualquier evento. Y lo hizo ayer en Moscú, en este Mundial, zumbando bajo la lluvia con un tiempo de 9.77 segundos, inutilizando el esfuerzo del estadounidense Justin Gatlin, quien lo venció sorprendentemente en Roma, en junio, durante la Liga de los Diamantes, apenas por un pelo de diferencia (9.94 a 9.95), activando una intriga que parecía sepultada.

Hay una imagen de Bolt que permanece fija en mis retinas, y es aquella de los Olímpicos de Beijing en 2008, vista por un mundo asombrado, en la cual frena, dirige un vistazo a sus retadores metros antes de la línea de llegada en el hectómetro, y logra imponer la marca fantasiosa de 9.69 segundos. ¿Cómo fue posible ese alarde de frenar, mirar hacia atrás, cerrar relajado, y aún así provocar estremecimiento con ese registro? ¿Dónde nació este tipo, en Jamaica o en Marte?

Un relámpago en la pista

De inmediato, atrapados por la incredulidad, nos preguntamos: Sin interrumpir su impulso, ¿qué tiempo hubiera logrado Bolt? Los cálculos hechos con regla y compás, fijaron 9.52 segundos. ¡Wow! Tal especulación fue despejada en los Mundiales de Berlín en 2009, cuando Bolt corrió los 100 en 9.58 segundos, sin su mejor despegue. Conquistando su octava medalla en estos Campeonatos, seis de oro, Bolt se coloca en línea directa hacia el total de diez, marca en poder de Carl Lewis, ocho de ellas de oro. Así que, imponiéndose en los 200 metros, distancia en la cual es dueño del récord mundial con un increíble 19.19 segundos, en Berlín 2009, y asegurando medalla con el relevo 4 por 100 de Jamaica, el “ciclón” Bolt se estará abrazando con Lewis, “el hijo del viento”, quien después de Stuggart en 1993, descartó los 200 y se concentró en 100, salto largo y relevo 4 por 100.

En la primera serie clasificatoria, Bolt --trotando con un tiempo de 10.07 mientras silbaba “Cielito Lindo”, como si pretendiera no asustar-- logró imponerse y avanzó a las semifinales. Obligado a pisar más fuerte el acelerador frente a mayores exigencias en semifinales, Bolt detuvo los cronómetros en 9.92 segundos, superando al estadounidense Mike Rodgers (9.93). Solo su compatriota Nickel Ashmeade, con 9.90, fue más rápido en otro grupo.

Gatlin estuvo al frente

En la final, pese a la presencia amenazante de Gatlin, se sentían las ausencias de los temibles retadores Tyson Gay y Asafa Powell, suspendidos, y la de Yohan Blake por lesión, mientras otro bajo sospecha, Nesta Carter, también de Jamaica, había sobrevivido a los descartes. En los primeros 50 metros, Gatlin estaba al frente, pero cuando Bolt desplegó su poder, sus piernas largas como remos parecieron estirarse, y las revoluciones por minuto le imprimieron un ritmo frenético. Hasta la lluvia se apartó. Con sus 9.77, Bolt dejó sin chance a Gatlin, cuyo registro de 9.85, superó el 9.95 de Carter, ganador del bronce.

La electrizante historia del hectómetro está cargada de superduelos memorables, como el protagonizado por Carl Lewis y Ben Johnson, en Seúl 1988, cuando el canadiense provocó escalofríos haciendo saltar los cronómetros con aquellos 19.79 segundos, finalmente manchados por el estanozolol, obviamente desconocidos, y que determinaron la expulsión de Johnson. Lamentablemente, un cuarto de siglo después, los anabólicos continúan haciendo un tour entre muchos velocistas del más alto nivel competitivo.

En 1996, vimos una de las más grandes finales olímpicas, con Donovan Bailey transformado en un ciclón, para imponerse a un pelotón de centauros, en el sprint más ruidoso que se recuerde, solo para saltar hasta el relampagueante Maurice Green, brillante vencedor en los Juegos de 2000 en Sidney.

Pero desde la erupción de Jesse Owens, en 1936, hasta el zumbido de Justin Gatlin, en Atenas 2004, todo es historia antigua, porque Usain Bolt lo borró todo drásticamente, primero con sus 19.69 segundos, récord que daba la impresión de poder permanecer largos años, y después con el 19.58, que podría ser inalcanzable para las nuevas generaciones, porque es un gigantesco reto a la capacidad humana.

En los 100 metros, nadie puede parpadear. Todos: público, protagonistas, jurados y periodistas, nos sentimos a bordo de un tren bala, atrapados por una agitación imposible de controlar. Ese ruido de tambores de guerra --¿lo han escuchado alguna vez?--, es producto de los latidos de nuestros corazones. Es, como si por diez segundos, el mundo se detuviera, la gravedad dejara de funcionar, y el viento se empinara para no perderse detalle.

He visto cinco finales olímpicas de 100 metros, sintiéndome tan nervioso en cada una de ellas, como si me encontrara en el Palacio de la Ópera perseguido por el fantasma. Para todo sprinter, los minutos, las horas, los años de adiestramiento, se diluyen en menos de 10 segundos. Todo es demasiado rápido, y una falla, por muy pequeña que sea, resulta mortal. Pregúntenselo a Silvio Leonard, quien permitió que le sacaran la medalla de oro del bolsillo en los Juegos de Moscú en 1980, porque se atrevió a lanzar un vistazo sobre sus rivales, y Allan Wells se le metió por la puerta de la cocina. Solo este Bolt puede darse ese lujo.

Había visto a Hasley Crawford en Montreal, a Carl Lewis en Los Ángeles, a Linford Christie en Barcelona, y también pude ver a Maurice Green en Sidney, pero esos 100 metros de Atlanta ganados por Bailey, con los cuatro primeros debajo de los 10 segundos, fueron electrizantes de punta a punta. Yo no quería salir del Estadio Olímpico.

Cuando todos regresamos a tierra, pensé una vez más: ¿Cuál será el límite de la capacidad humana? Y regresé mi memoria a Sacramento en julio de 1968, cuando por vez primera en la historia, tres hombres --Jim Hines, Charlie Greene y Ray Smith, con el viento a su favor-- derribaron la barrera de los 10 segundos asombrando al mundo. Dos meses después, Hines ganaba el oro olímpico en México con 9.99 superando a Lennox Millar y a Charlie Greene. Ahora, ese asombro es rutina. Bolt lo ha derrumbado todo.

 

dplay@ibw.com.ni