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Para el aficionado mexicano al fútbol, es decir el país entero, está ocurriendo algo tan imprevisto como la desaparición del ángel en el Paseo La Reforma: la selección que tan bien lució en el Mundial de Sudáfrica; que fue capaz de ganarle el oro olímpico a Brasil ignorando a Neymar, Oscar, Hulk, Thiago, Marcelo, y resto de astros del scratch dorado; la que avanzó invicto a esta hexagonal derrotando dos veces a Costa Rica, El Salvador y Guyana en el Grupo 2; la que fue calificada como favorita para obtener sin complicaciones el boleto para el Mundial de Brasil, se encuentra al borde del pánico después de perder 2-1 ante Honduras, un partido que ganaba desde muy temprano 1-0 con el gol de Oribe Peralta.

Desplazado al cuarto lugar en la zona roja de peligro inminente, fuera del grupo de clasificados directos que incluye al líder Costa Rica, Estados Unidos y Honduras, el equipo azteca, reducido a solo una victoria angustiante sobre Jamaica 1-0 en siete juegos, con cinco empates y la derrota ante Honduras, consecuencia de dos apariciones de Carlos Costly en el sitio requerido, en el momento preciso, y con la seguridad de maniobra necesaria, solo tiene un punto de ventaja sobre el ansioso Panamá, reducido también a un triunfo, pero con dos derrotas.

Como siempre ocurre, fue fácil encontrar al culpable: el técnico “Chepo” De La Torre, seriamente cuestionado desde hace largo rato, y sostenido en “el tenebroso” puesto que tantos “cadáveres” ha cobrado, contra mareas y tempestades. No fue De La Torre quien despejó mal en comba para que Costly tomara la pelota del primer gol, sino Carlos Salcido. No fue De La Torre, sino el arquero Corona quien rechazó hacia delante el disparo de Costly facilitándole el balón a Bengston, y este lo fusiló impecable e implacablemente, equilibrando la pizarra 1-1. No fue De La Torre el defensor desbordado por Costly, sino Diego Reyes, y la fuga del hondureño culminó con un disparo envenenado, estableciendo el 2-1 definitivo.

Se va De La Torre y llega Tena, uno de sus grandes soportes en este proyecto que viene de lejos y se está derrumbando estrepitosamente, haciendo recordar aquella Selección del 73, eliminada del Mundial 74 al ser goleada asombrosamente por Trinidad 4-0, y llamada el equipo de “los ratones verdes” por ese ácido y estupendo columnista de Excelsior, Manuel Seyde, el mejor que he leído en mi vida, lo que explica por qué tengo tan gruesa colección de sus escritos desde el Mundial de 1966.

Hay gritos por el Zócalo, por parada de Insurgentes, por parque de Chapultepec y por la Zona Rosa, exigiendo que se llame a Carlos Vela, el formidable atacante del Real Sociedad, que brilla intensamente en el fútbol español, y también a Guillermo Ochoa, el arquero del Ajaccio de Francia, que interesa a varios equipos europeos. Ahora se dice que Vela no se hubiera perdido ese gol que no concretó Javier “Chicharito” Hernández, y que a Ochoa no le marcan el primer gol. ¡Ah, el rincón de las especulaciones inútiles, es el refugio más común de las frustraciones!

El problema es que el equipo mexicano no está funcionando. Nadie duda de Salcido, pero jugó su peor partido en años, y Corona es un gran arquero. Precisamente, es el responsable de evitar mayores sustos durante los cinco empates registrados. Llega Luis Fernando Tena al timón de la nave en peligro de hundimiento, y dice: “Trabajaré en el aspecto mental, hay que cambiar de actitud”. Hombre, cuando la maquinaria muscular no responde a las orientaciones del c erebro, aun con la mejor actitud, no se carbura.

México, a veces llamado “El gigante de la Concacaf” aunque no lo ha sido propiamente, está atravesando por un bajón de voltaje que le impide funcionar. No crean que fue vencido por un gran equipo hondureño. No fue así. De hecho, en la Concacaf, incluyendo Estados Unidos y Costa Rica, no se está ofreciendo un fútbol llamativo.

De pronto, el cielito lindo se ha oscurecido mientras los truenos alteran nervios, los sombreros de charro han caído de las decepcionadas cabezas, y las guitarras están llorando. México se encuentra en peligro de descarte. Con tres juegos pendientes contra Estados Unidos, Panamá y Costa Rica, el pánico se ha adueñado de las calles, de las plazas, de las estaciones de metro, y, por supuesto, de los corazones sangrantes.