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Fue un duelo rabioso, humeante, intrigante, con cambios de metralla espectaculares, puntos de fantasía pura. Lo ganó Nadal en cuatro sets 6-2, 3-6, 6-4 y 6-1, mostrándose durante un impresionante resurgimiento, como el Rey León en esa jungla en que se ha convertido el tenis mundial. Jugador de garra, el español supo reinventarse durante un tercer set que parecía empujarlo al hundimiento, y emerger revitalizado, iluminado, arrasando con Djokovic, que en el último set fue reducido a una fotocopia borrosa del gran pistolero que todos conocemos, disfrutando de su juego firme, certero y brillante, que lo ha instalado en la cima por tan largo rato.

Uno de ellos sería el único ganador de dos “Grandes” este año. Djokovic superó a Murray en cuatro sets en la final del Abierto de Australia; Nadal volvió a mandar en París, resolviendo en el polvo de Roland Garros a Ferrer con marcada superioridad; y Murray desarmó a Djokovic en Wimbledon. Así que en su tercera final del año, el serbio cayó ante este Nadal restaurado por los especialistas del Museo de Louvre, después de aquella lesión en la rodilla que hizo peligrar su futuro.

Una frase de Nadal antes de recibir el cheque de US$3.6 millones y el trofeo, lo grafica todo: “El reto que siempre (implica) un tenista del calibre de Novak, hace que eleve el nivel de mi juego, como ningún otro rival puede lograr”. Exactamente eso fue lo ocurrió en el tercer set, cuando Djokovic, con el marcador 1-1, abrió quebrando a Nadal y reteniendo su servicio para adelantarse 2-0. Fue entonces que Nadal salió del torbellino que lo aturdía y lo deshilachaba y enderezó su juego. Rescatar un juego que perdía 0-40 con tres bolas de quiebre, en manos de un encendido Novak, fue casi milagroso, y carcomió la confianza del serbio, que cedió el set 6-4, quedando roto en su defensa y huérfano de ideas, frente a la solidez y agresividad de un Nadal, que parecía Johnny Ringo apretando el gatillo.

El cuarto y último set, fue unilateral. Ni la sombra del Djokovic temible visto en el segundo set y el inicio del tercero. Nadal no solo lo devolvía todo sin importar el trazado de diagonales, ni llegar a la red para congelar bolas cortas, ni qué tan al fondo debería retroceder para alcanzar pelotas difíciles y golpearlas con propiedad. El español se adueñó del show, y el público, de pie, lo disfrutó. Fue el 13 “Grande” de Nadal, uno menos que Sampras, y colocándose a tres de alcanzar a Federer.

 

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