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Entre las cuerdas, flota sigilosa y casi siniestramente, produce un zumbido que aguijonea cambiando de dirección, y enloquece con su boxeo flexible. Floyd Mayweather, de 36 años, es una avispa. Con excepción de su primer combate con José Luis Castillo en abril del 2002, ninguna de sus otras 43 victorias ha sido cuestionada. Sin duda, es el mejor peleador libra por libra, y éste sábado, enfrentará al recio golpeador mexicano Saúl “Canelo” Álvarez, en un combate que se espera de máxima agitación.

Hay una historia que marcó a Floyd desde que la conoció, y que lo distanció por largo rato de su padre, un ex–peleador con el mismo nombre y rival de “Sugar” Leonard en peso welter, antes de ser detenido por tráfico de drogas: fue el haberlo utilizado como escudo en una reyerta con un pariente armado de escopeta, quien finalmente le disparó en una pantorrilla. El pequeño Floyd apenas tenía dos años. Eso explica lo difícil que ha sido la relación tipo “montaña rusa” con su padre, que finalmente, al quedar todo eso atrás, funciona como su entrenador después de una etapa reconciliatoria, propiciada por el hijo después de estar dos meses recluido en un centro por violencia doméstica, posterior a su victoria sobre el boricua Miguel Cotto.

El cronista Tim Keown apunta que durante ese tiempo en que Floyd estuvo abrazado a la soledad, aunque logró disponer de cierto tiempo para estar al aire libre y ejercitarse, se dedicó a escribir cartas desde la prisión a su madre, a su abuela, a sus tíos, a sus hijos, y 13 páginas del cuaderno fueron estrujadas en intentos fallidos de envíos a su padre. El resquemor no doblaba sus rodillas, pero más adelante lo hizo para bien de la familia.

Según el viejo Floyd de regreso al equipo de trabajo, su hijo sacó provecho de ese problema. “Tuvo la oportunidad de reflexionar, de pensar, de aplicar correcciones, de crecer como persona. No estoy diciendo que fue bueno que haya estado en prisión por la acusación, sino que fue bueno para él, como algo que necesitaba”, expresa, quien lo ha pulido en el arte de la defensa, hasta ser llamado como Nicolino Locche, “el intocable”.

Durante una conferencia de prensa antes de su última pelea con Robert Guerrero, el padre de éste entró intempestivamente en escena y agredió a Floyd verbalmente en forma frenética soltando insultos y llamándolo golpeador de mujeres. En lugar de reaccionar como acostumbra hacerlo, saliendo de sus casillas, el púgil permaneció imperturbable mostrando madurez, sorprendiendo a todos los asistentes, como si nada hubiera pasado.

Eso no quiere decir que su fuego se haya debilitado. En el ring, explota. Sobre la gama de habilidades tan bien cultivada, Floyd ha edificado un estilo de boxeo que logra desorientar y hasta desarmar a sus rivales, y que se ha convertido en indescifrable, incluso para púgiles como Juan Manuel Márquez, Zab Judah, Ricky Hatton, Arturo Gatti y DeMarcus Corley. Aparte de Castillo, sólo Oscar de la Hoya y Miguel Cotto a ratos, han logrado hacer llegar sus golpes a Floyd, usualmente sin huellas de los combates.

El boxeo de Maywheater ha sido siempre sorprendente. Desde posiciones pasivas, se proyecta súbitamente como consecuencia de un estallido, desborda y abruma. Cuando se le busca, él ya no está ahí. Floyd no es “Sugar” Robinson, pero Álvarez no es un peleador con la determinación y el empuje de Turpin, Fullmer, Basilio o LaMotta, que forzaron cruentas batallas con el más brillante púgil de todos los tiempos. El ring es lo suficientemente ancho para el movimiento permanente y difícil de controlar de Maywheater, capaz de establecer la distancia apropiada con autoridad, y cambiarle al rival el juego de imágenes, como producto de un truco de espejos. Todos sabemos que Floyd, aún sin conseguir el mejor afilamiento posible, es capaz de eso.

Mayweather utiliza dos meses de adiestramiento para cada pelea. Eso quiere decir que en este 2013, ha estado concentrado en su afilamiento cuatro meses, a diferencia de lo visto entre 2008 y 2012, con sólo un combate por año. Sin sufrir daño físico y con esas pausas, Floyd no parece un boxeador de 36 años. Se trata de un atleta en plenitud con 123 millones de dólares en los bancos, a un lado de sus extravagancias con el uso del dinero.

 

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