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Explica Hemingway en “El viejo y el mar”, que el corazón de una tortuga sigue latiendo varias horas después de haber muerto. Y hay algunos bateadores, que habiendo sido tan estupendos fabricando cifras asombrosas azotando pítcheres, parecen seguir haciéndolo después de retirarse, tal es el caso de Henry Roa y Próspero González, quienes hoy entrarán ruidosamente al Salón de la Fama, al frente de una llamativa promoción.

Fieros y destructivos en los duelos mentales con tantos lanzadores en cualquier parte y circunstancia, el uno derecho y el otro zurdo, se vieron hermanados por una eficacia en el cajón de bateo que atrapaba al público y al periodismo con una fuerza avasalladora, cobijada de esa confianza casi absoluta, que solo provocan los calificados como fuera de serie.

Entre las muchas características que tenían en común, sobresalían la de no jactarse, realizar constantes ajustes, concederle la importancia requerida a cada turno al bate, y sacar el máximo provecho a la capacidad de observación. Por largos ratos, funcionaban como maquinarias de relojes suizos, Rolex o Patek Philippe. Siento que el decir “yo los vi” fabrica fácil e instantáneamente una mayúscula satisfacción.

Cuando Henry con su swing derecho estiró hasta 39 la racha de hits que David Green fijó en 30, y obtuvo coronas de bateo con porcentajes de .387 y .389, en ruta hacia su gran total de 1,586 imparables entre 1989 y el 2007, iluminó nuestro béisbol como lo están los Campos Elíseos en París.

Próspero, en tanto, un zurdo debutante con la Selección en 1986, fue un bateador de 1,872 hits, cifra récord en nuestra agitada pelota, con dos temporadas de .400 puntos, compartiendo uno de esos títulos de bateo con Freddy García en una de tantas batallas inolvidables, llegando a disparar 260 jonrones, en una prueba fehaciente de su poder.

El ¿cómo sacarlos out?, fue por mucho tiempo la más grande y terrible intriga para los tiradores, y un disfrute para las multitudes. A diferencia de Aquiles, frente al plato sin mostrar puntos neurálgicos, ellos daban la impresión de no tener “talón”.

Se agregan hoy a estos dos artilleros golpeando las puertas de nuestro Salón de la Fama, con los méritos suficientes, un dirigente deportivo del calibre de Luis Rodolfo Toruño, el impulsor de las pequeñas ligas Julio Montenegro, el activista Ramón Sirias que en paz descanse, la voleibolista Karem López, el doctor Francisco Zambrano quien contribuyó decididamente al desarrollo del baloncesto pinolero, la pesista Elsa Caldera, el competente árbitro de béisbol Rafael “El Negro” Zelaya, y Ramiro Baldizón como personalidad.

 

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