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Emilio Palacios es muy pequeño, más de lo que parece. Pero sus 1.60 metros de estatura no parecen acorde a su grandeza en la cancha. Sin embargo en el fútbol no pesa tanto eso como la actitud con el balón. Su nombre, por ejemplo, es bien recordado en Panamá desde hace diez años cuando anotó su primer gol en selecciones. Calló a todo un país que se pretendía celebrar con el equipo nacional sus 100 años de independencia con un triunfo, y creían sería contundente sobre Nicaragua. Sin embargo, Palacios los hizo pasar un trago muy amargo con un gol que lo hizo correr todo la cancha en un contragolpe, mientras sentía que nunca llegaba a la puerta rival para marcar el gol del triunfo azul y blanco.

En su natal Jinotepe y sus alrededores, Emilio es reconocido como “El Tarta” por no decirle “El Tartamudo”, característica que heredó de su padre del mismo nombre. Pero todo es que mire un micrófono o una cámara y se pega de forma legendaria. “Solo a veces”, me rectifica el padre de tres niños, que lo miran como su ídolo. Sus hijos, Iker, Emily y Cristina han sido una razón importante para seguir sumando goles donde llega.

Es un hombre que da la impresión que remata para clausurar el arco rival con la potencia y dirección que impone con sus piernas cortas pero explosivas. Así se le recuerda desde que comenzó a jugar en Primera División con Diriangén a este pequeño acorazado delantero que es en este instante el máximo goleador de selecciones en los últimos 25 años.

Pero el fútbol no solo le ha dado muchas alegrías y grandes momentos, también ha sufrido golpes tan duros que lo han hecho caer una y diez veces más.

El propio Palacios reconoce que la fama en el fútbol lo metió en una vida dominada por el licor. “Fue una etapa difícil, porque no tenía control de mi vida. Tomaba mucho, me convertí en un hombre violento y para colmo lo hacía contra mi familia. Hacía sufrir mucho a mi mujer (Jiomar) y a mis hijos”, recuerda el jinotepino mientras es observado por su esposa en la sala.

“Ahora las cosas han cambiado. Gracias a Dios dejé el licor, me concentré más en mi carrera y lo mejor es que disfruto más de mi familia”, agregó el delantero.

¿Qué te hizo recapacitar para dejar el licor?

“Hice sufrir mucho a mi esposa. Ella no dormía tranquila cuando yo andaba tomando. Pero me ayudó a recapacitar el haber pasado varias horas detenido como si fuera un delincuente.

Esa vez me peleaba con ella en la calle y en eso pasó una patrulla y me llevaron.

Lo peor fue cuando me tocó meterme a la celda, era casi medianoche y solo miraba esa oscurana sin saber quiénes estaban adentro. Le pedí, le rogué al policía tanto porque no me metiera, le dije que no era un delincuente, le prometí que me quedaría sin hacer nada pero que me dejara afuera y no hubo manera de convencerlo. Después de tanto tiempo entré pero no dormí, pensando en las historias que se cuentan que les hacían a los reos. Al final solo fue la historia que me dejó una gran lección porque al día siguiente mi papá habló y me dejaron libre, pero eso no lo olvidaré nunca.

¿Nunca pensaste en drogas?

Jamás. Pero tuve experiencias duras. Una vez en un camerino de un estadio de fútbol, alguien me dijo: “vení acompáñame”. Era una persona que le tenía estima en el equipo pero no me imaginé a lo que me invitaría. Primero me dijo que si quería y solo miré que sacó una bolsita, puso la droga (color blanco), inhaló duro con cada fosa nasal y como le quedó un poco, todavía lamió el resto. Cuando miré eso, me dije ¿Qué es esto? Se me puso “china” la piel y salí como si hubiera visto un fantasma. Es duro, pero en el deporte se miran cosas como estas.

¿También viviste cosas difíciles en tu paso por El Salvador?

Fue una experiencia bonita, saber que vas a jugar en otro fútbol como El Salvador. Me hice muchas expectativas pero jamás pensé que me iría tan mal. Firmé con el equipo Independiente Nacional y en el primer mes las cosas fueron tranquilas con el pago pero después de ahí pasé sin dinero casi dos meses hasta que se dignaron a darnos algo para regresarnos a Nicaragua. La gente de la cuadra donde vivía nos regalaba cosas para comer a mí y a mi esposa, porque sabían que estábamos sin nada, sin dinero y aun así seguíamos jugando. Mi preocupación por la situación fue tanta que un día terminé en el hospital con la cara desfigurada, inflamado como un monstruo y mi esposa no me quería decir que tenía la cara así.

Hasta que me miré y dije no, tenemos que irnos de aquí. Cuando al final me dan un poco de dinero la directiva para marcharnos, me sentí el hombre más feliz porque iba a mi casa, a mi pueblo con mis hijos y con mi familia. Por eso jamás volví a considerar otra posibilidad de jugar fuera de mi país, porque tengo esa mala experiencia de El Salvador.

¿Has pensado qué hacer después del fútbol?

“Estoy pensando que debo buscar una carrera, quizá una técnica, porque no he estudiado nada y sé que me queda poco tiempo para seguir en el fútbol. Sé que me he puesto lento en eso”.

¿Hace un año parecía que tu carrera terminaba?

Sí, me sometí a una operación en el talón de Aquiles y creí que ya no quedaría para jugar. Me decepcioné de mi mismo esa vez porque no sabía qué iba a hacer. Menos mal que la vida me dio un chance más y quiero seguir sumando goles pero sobre todo siendo útil para mi equipo.

¿Es Diriangén el equipo de tus amores?

Le tengo mucho respeto y agradecimiento. Sobre todo le agradezco a Mauricio Cruz, quien fue el que me vio y me hizo debutar con el equipo. Le llamó la atención que en un amistoso del Diriangén con el instituto con el que yo jugaba, le hice dos goles en menos de 25 minutos. Estaban asustados, tanto que no creían que tenía 15 años. Ya era fuerte, rápido y de buen físico y no les tenía miedo. Sin esa oportunidad que me dio Mauricio no sé qué hubiera pasado en mi vida porque para mí el fútbol era muy importante desde ese tiempo.

 

33 anotaciones marcó Salvador “Chava” Dávila en 1965.

7 lideratos de goleo logró Manuel “Catarrito” Cuadra Serrano en su paso por Diriangén, Santa Cecilia y la UCA.

200 tantos hizo Mauricio Cruz y con ellos conquistó cuatro lideratos como rompe redes entre 1980 y 1992.

15 goles marcó César Rostrán en su debut con el América, ganando su primer liderato. Pero su máxima cifra fue 25 en 1996.

9 goles hizo José María Bermúdez en un partido, récord nacional desde 1997. También marcó 32 en un torneo, convirtiéndose en campeón de goleo.