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Cuando Johnny Ringo llegaba a un poblado, el pánico lo cubría todo. Las puertas se cerraban, el miedo hacía ruido, el sol intentaba esconderse. Igual cuando Atila --el rey de los Hunos-- y sus hordas se acercaban, impidiendo que volviera a crecer hierba por donde pasaban. Es lo que ocurrió con el dominicano David Ortiz en la Serie Mundial ganada brillantemente por los sorprendentes Medias Rojas de Boston.

No recuerdo haber “visto” tanto temor por enfrentar a un bateador, como el que llegó a sentir el pitcheo de los Cardenales --en cada uno de los turnos--, de un artillero que a los 38 años, después de conectar solo dos hits en 22 turnos durante la serie por el banderín de liga contra los Tigres, incluyendo el jonrón con bases llenas de tanta incidencia, pareció estar inyectado de una fría y abrumadora ferocidad frente al plato, haciendo estragos en el Clásico.

Se llegó a considerar que atreverse a retarlo, equivalía a suicidarse. Ni Mickey Mantle, un destructivo bateador de 18 jonrones en Clásicos, ni el Reggie Jackson de 1977, capaz de haber demolido el viejo Yanqui Stadium a batazos, ni el Barry Bonds galvanizado de 2002, fueron tan temidos en todo momento.

Aunque Billy Hatcher de los Rojos registró .750 puntos bateando de 12-9 en 1990 contra los Atléticos, no disparó jonrón, y solo impulsó dos carreras. Nada que ver con la presión colocada por Ortiz, más allá de sus 11 hits en 16 turnos para .688 puntos, con dos vuelacercas, seis impulsadas, seis anotadas, ocho boletos, y solo un ponche, está la incidencia. Hasta visto por televisión, Ortiz daba miedo esperando cada lanzamiento.

Obviamente, hay que agregar su nombre a la lista de los “Mr. Octubre” que han hecho historia, y ha sido justo nombrarlo el Más Valioso, por encima de los dos triunfos del zurdo Jon Lester, con una microscópica efectividad de 0.59 en 15 entradas y un tercio, ponchando a 15 y cediendo apenas una base.

En una Serie Mundial de poco poder --cuatro jonrones de los bateadores de John Farrell por solo dos de la tropa de Matheny-- y pobre porcentaje --un anémico .211 de Boston por .224 de San Luis--, el factor clave de los Medias Rojas fue lo que tanta falta le hizo a los Cardenales, el bateo oportuno. Los de Boston sacaron el máximo provecho de las oportunidades que se les presentaron, en cambio, los de San Luis, las dejaron pendientes para otra vida. Una y otra vez, el bateo de San Luis se derritió frente a las exigencias de diferentes momentos.

Y entre la montaña de consideraciones, la figura de “Goliat” Ortiz en la cima, amenazante con su bate humeante, listo para hacer swing, provocando pánico aún después de la caída del telón.

 

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