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Magnus Carlsen ha destronado al indio Viswanathan Anand, tras un combate de cinco horas resuelto en tablas en la décima partida, que dejó a salvo el honor del veterano monarca, 20 años mayor, y convirtió al noruego en el vigésimo Campeón Mundial de Ajedrez de la historia. Después de errores por ambos bandos y sobresaltos en el tablero, se firmaron las tablas en 65 movimientos. A Carlsen le bastaba con un empate para conquistar el título. Un marcador de 6.5 a 3.5 puntos clausura el encuentro de Madrás (India), previsto a 12 partidas, aunque la superioridad del aspirante, que a diferencia de su adversario no cometió errores de bulto, hizo innecesaria la disputa de los dos últimos juegos.

Así que empieza el reinado de Magnus Carlsen, a quien muchos ven capaz de superar los épicos logros de Gari Kaspárov. De momento ha logrado la corona a la misma edad que el ruso, 22 años, tras destronar al pentacampeón Viswanathan Anand. Al noruego, invicto en el duelo, le bastaba un empate rápido en la 10ª partida, pero torturó al indio durante casi cinco horas, hasta que se firmaron las tablas que le convierten en Campeón del Mundo tras un decenio de hazañas precoces. Carlsen cobró un millón de euros; Anand, 600,000.

Cuando tenía 19 años, el ajedrecista noruego habló sobre su ascenso al número uno del ranking mundial, su colaboración con Gary Kaspárov, sus jóvenes fans y su debilidad por la música de rap sombría.

¿Qué coeficiente intelectual tiene usted?

Ni idea. No quiero saberlo. Podría suponer una sorpresa desagradable.

¿Cómo dice eso? Con 19 años encabeza el ranking mundial del ajedrez. Tiene que ser increíblemente inteligente.

Precisamente eso sería lo espantoso. Claro que es importante que un jugador de ajedrez sepa concentrarse bien, pero también puede ser un lastre que sea demasiado inteligente. Estoy convencido de que el inglés John Nunn nunca fue Campeón Mundial porque era demasiado listo para serlo.

¿Cómo es eso?

Nunn empezó con 15 años a estudiar Matemáticas en Oxford; era el estudiante más joven desde hacía 50 años, y con 23 se doctoró en Topología Algebraica. Tenía una cantidad tremenda de cosas en la cabeza... Sencillamente, demasiadas. Su inmensa capacidad para aprender y su constante sed de conocimiento le apartaron del ajedrez.

¿En su caso es distinto?

Así es. Soy un tipo completamente normal. Mi padre es más inteligente que yo.

Ya. ¿Cuántas jugadas puede calcular por anticipado?

Depende de la situación de juego. A veces, 15 o 20. El truco es valorar correctamente la situación al final del cálculo.

A la edad de 13 años, 4 meses y 27 días se convirtió en Gran Maestro, y jamás ha habido un número uno más joven que usted. ¿De qué depende esto si no es de su inteligencia?

No digo que sea completamente estúpido. Pero mi éxito tiene sobre todo que ver con que tenía la posibilidad de aprender más con mayor rapidez. Acceder a la información se ha hecho mucho más fácil. Los jugadores de la Unión Soviética tenían antes una gran ventaja, porque en Moscú disponían de un enorme archivo en el que se ordenaban cuidadosamente incontables partidas en fichas de datos. Hoy todos estos datos pueden comprarse por 150 euros en un DVD. En un disco se almacenan 4.5 millones de partidas. También hay más libros que antes. Y también, claro está, he empezado a trabajar con el ordenador antes que Vladímir Krámnik o Viswanathan Anand.

¿Cuándo exactamente?

Con 11 o 12 años. Me preparaba con un ordenador en los torneos y jugaba por internet. Hoy los niños aún empiezan antes a utilizar un ordenador, aprenden las reglas directamente en la pantalla. Desde ese punto de vista, yo ya me he vuelto anticuado. El progreso técnico produce jugadores punteros cada vez más jóvenes.

¿En el ajedrez moderno es una ventaja ser joven?

Cuando se es un jugador joven, se tiene mucha energía, mucha fuerza, una gran motivación. Pero es frecuente que los jugadores jóvenes no defiendan igual de bien las posiciones ni se sobrepongan igual de bien cuando las tornas se les ponen en contra. La experiencia es esencial. Lo más importante es el reconocimiento de pautas: la capacidad de reconocer motivos y figuras típicas sobre el tablero, rasgos característicos de las posiciones y sus consecuencias. Esto se puede aprender hasta cierto punto con entrenamiento, pero no hay nada más importante que la rutina de juego. Solo tengo 19 años, pero seguro que ya tengo a mis espaldas miles de partidas al estilo clásico.

¿Cuándo empezó con el ajedrez?

Debía de tener cinco años y medio o seis. Mi padre nos enseñó las reglas a mí y a mi hermana mayor, Ellen. A diferencia de Ellen, a mí no me interesó especialmente, se me daba mal y me cansé rápidamente. Hasta los ocho años no volví a ocuparme del ajedrez.

¿Cómo fue?

Cogí un tablero y recapitulaba las partidas que mi padre me enseñó. ¿Por qué se hacía esta o aquella jugada? Descubrí por mí mismo los secretos del juego. Era fascinante. Al cabo de unos meses empecé a leer libros especializados.

¿De dónde vino ese entusiasmo repentino?

No lo sé. Como tampoco puedo decirle por qué, cuando aún no tenía ni dos años, quería hacer rompecabezas de cincuenta piezas. ¿Por qué quería saber las marcas de todos los coches corrientes, con dos años y medio?, ¿por qué leía libros de Geografía, con cinco? No sé por qué me aprendí todos los países de la Tierra, con su capital y su población. Probablemente, el ajedrez solo era una ocupación más.

¿Hubo alguna experiencia que fuera decisiva?

Vi cómo jugaba mi hermana Ellen. Imagino que me entraron ganas de ganarle.

¿Y?

Después de la partida no volvió a tocar un tablero durante cuatro años.

¿Cuándo empezó a jugar torneos?

Poco después. Mi padre dijo que si entrenaba un poco más podría participar en los campeonatos noruegos para menores de 11 años. Pensé que podía ser divertido. Mis resultados no fueron nada malos. Al año siguiente gané el torneo.

¿Le han dado una formación sistemática, como la que tuvieron todos los antiguos niños prodigio rusos?

No. No soy un pensador disciplinado. No me va la organización; soy caótico y tiendo a la vagancia. Mi entrenador se dio cuenta y generalmente me deja practicar lo que me apetece.

¿Es un genio descuidado?

No soy un genio. ¿Descuidado? Quizá. La cosa va así: si me siento bien, entreno mucho. Si me siento mal, lo dejo estar. Trabajar conforme a un horario no me divierte. El aprendizaje sistemático me mataría.

¿Cómo aguantó entonces la clase de Matemáticas?

Cuando tenía 13 años, mis padres me dieron un año de vacaciones de la escuela. Viajaron conmigo y con mis hermanas por el mundo y nos daban clase mientras íbamos de un sitio a otro. Fue maravilloso, mucho más eficaz que estar sentado en la escuela.

Durante mucho tiempo ha sido el cazador; ahora es la presa. ¿Es consciente?

Claro. La presión ha aumentado; todos quieren vencerme. También noto la creciente responsabilidad de marcar la pauta del juego porque mis adversarios evitan hacerlo. Se han vuelto más cautelosos.