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Bastó un rapto de violencia para despojar de la vida al Oriental. Todo sucedió en el despegue del juego, cuando apenas los jugadores de Granada pretendían entrar en calor, el zarpazo de los Tigres fue hiriente y determinante para imponerse con pizarra de 8x4, y dejar a un empujón de la muerte a la tropa sultaneca en la Liga Profesional.

Con solo tres partidos por jugar y distanciados a dos juegos de los Tigres, con los que tienen un duelo común, el Oriental está obligado a no fallar. Un descuido puede significar su final.

El sepulturero con el ataúd abierto acomodó a su antojo en el mismo cierre del primer episodio al Oriental, que con la tristeza reflejada en su mirada observó cómo el swing del venezolano William Vásquez (5) envió la pelota por encima de la barda derecha, para remolcar tres carreras que cortaron como espada de doble filo las aspiraciones granadinas.

El trueno de Vásquez contra el efímero abridor y perdedor Carlos Morla (3-3) encontró a Iván Marín y a Jen Argeñal en circulación. La vulnerabilidad del lanzador del Oriental siguió reflejándose a través de base por bolas a Luis Allen y a Danilo Sánchez, que decretó su salida de la colina, y el relevista Álvaro López recibió doble empujador de Edgard Montiel para la cuarta anotación. Fue un inicio de pesadilla.

Para la parte alta del segundo inning frente a los disparos del ganador del partido Francisco Cruceta (5-0), los artilleros de Granada mantenían sus esperanzas, había cierto ambiente de resistencia y optimismo en el dogout, pero de inmediato los Tigres volvieron a rugir para liquidar a su más férreo adversario.

Tres imparables seguidos --de Marvin Martínez, Marín y Argeñal--, además de boleto a Vásquez, aumentaron la ventaja y sacaron del juego al relevista López. En acción entró Braulio Silva, quien recibió hits impulsadores de Allen y Ramírez para aumentar el marcador a 7x0 y Montiel con fly de sacrificio produjo la última de los Tigres.

Ese daño fue suficiente para definir el desafío, poco importó la rebelión del Oriental que fabricó una carrera en el quinto y tres en el octavo, porque los funerales estaban preparados para ellos. La lápida tenía impreso su nombre, pero más peligroso aún, que podría ser definitivo.