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Aquella tarde de octubre de 1980, cuando en una reunión de cinco minutos con Carlos Guadamuz en La Voz de Nicaragua, le dimos forma al programa Doble Play, fijando su inicio para el 2 de enero de 1981, no pensé que llegará a caminar tan largo como para estar todavía, treinta y tres años después, en pie de lucha, haciendo ruido.

“Hay que hacer un programa diferente a todos”, me dijo Guadamuz, con quien cultivé una amistad desde la época de estudiantes, aunque él era alumno del Bautista y yo del Goyena. Le hablé de los temas cotidianos, de comentar lo que estaba ocurriendo en el país y mezclarlo con lo deportivo utilizando la picardía, incursionando en lo político sin pinzas. Yo tenía experiencia en eso por haber estado manejando dos años el periódico clandestino de la GPP, “Trinchera”. Se trataba de llamar la atención, saltando del juego de anoche al costo de los alimentos, la vigilancia revolucionaria, el trabajo voluntario, la telenovela del momento, y armar discusiones sobre hechos históricos deportivos con el agregado de entrevistas.

El programa, con nombre deportivo, específicamente de béisbol, nunca lo fue del todo, y al carecer de agenda, erosionaba constantemente por el estallido de lo imprevisible. Así comenzó, así creció, así se popularizó, y así sigue siendo Doble Play. Un programa que da la impresión de no tener pies ni cabeza. O mejor dicho, próximo a un rompecabezas. Ninguno de los que lo hacemos sabemos qué es lo que vamos a entregar a lo largo de dos horas diarias en La Primerísima, mi última parada desde hace 15 años, gracias a la apertura sin restricciones que nos ha ofrecido y mantenido William Grigsby.

He vivido apegado a una frase de Bernard Shaw: “La mejor manera de decir la verdad, es bromeando. Es cierto y distraído: no golpea, pero se escuchan los gemidos”. Eso ha sido la esencia de Doble Play, y lo que se buscaba para configurar un programa completamente distinto, en el que la llegada de un nuevo papa al Vaticano se convierte en tema del día, y criticar el oportunismo de políticos o la mala gestión gubernamental en algunos aspectos, desplaza la lucha por el liderato de bateo, o quién ganará el balón de oro.

Seleccioné a Enrique Armas como mi compañero de batería cuando Doble Play comenzó, porque lo conocía bien desde que lo llevé a La Prensa en 1977, y lo hice trabajar conmigo en el Instituto de Deportes en 1979. Conocía su capacidad y habilidad, y estuvimos juntos hasta que decidió poner en marcha su propio y exitoso proyecto. Ahora me acompañan desde hace largo rato, René Pineda, un estupendo analista, y Miguel Mendoza, un caza-noticias que pone el dedo en la llaga sin inhibiciones.

Pienso, a mis casi 70 años, que es la mejor versión del programa que se ha entregado.

dplay@ibw.com.ni