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A un lado de Sevilla solo hay cascotes. El Betis es un polvorín, en lo institucional y en lo deportivo. Entre sus escombros hurgó el Madrid, demasiado para un equipo, un club, al que solo distingue su bulliciosa militancia, una hinchada tan predispuesta para el ánimo inicial como para pasar factura sin remilgos, ya sea contra el entrenador o el portero, lo mismo da. Este último, el danés Andersen, fichado por un secretario técnico ya despedido, fue el retrato de este Betis, un conjunto paralizado, con colista, con mayúsculas.

El meta ni se inmutó ante los dos primeros goles visitantes, una detonación en carrera de Cristiano y un pase a la red de Bale en un golpe directo. En ambas jugadas, Andersen fue una estalactita, sobre todo en el disparo del galés, que no era irremediable. Ni antes ni después hubo más historia que la que quiso el Real Madrid, acostado con los mismos puntos que Barça y Atlético, pendiente de sus retos dominicales ante el Levante y Sevilla, respectivamente.

Ante todo un Madrid, el partido fue un paseíllo para los de Ancelotti, que tiraron de infantería para despachar a su anémico adversario. Al Madrid le bastó con poco, nunca estuvo exigido. Se impuso en cada parcela del campo, en cada disputa, en lo táctico, en lo técnico, en lo anímico. A este Betis no le da ni para apretar los dientes.

Insistió Ancelotti con el molde que por ahora le parece más convincente. El italiano ha encontrado en Modric y Di María el mejor escudo para sus tres atacantes, CR, Benzema y Bale, futbolistas de mirada al frente y sin apenas retrovisor.