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(Del libro ENTRE COPA Y COPA).-Durante uno de mis ocasionales conversatorios con estudiantes universitarios, algo que me hace sacar juventud de mi pasado, sin poder ocultar siete décadas de vida cobijado por las mil encontradas emociones que facilitan los deportes, a quien ha sido un apasionado en permanente “ebullición”, practicando, viendo, relatando, escribiendo, discutiendo y disfrutando, me preguntaron ¿cómo fue posible que habiendo atravesado mi infancia, adolescencia y juventud, en un país atrapado por el béisbol y el boxeo, me interesara por el fútbol?

La explicación es sencilla, les respondí, y entré en detalles: durante 1958, en mis primeros años de secundaria, con el furor por el béisbol profesional en pleno crecimiento en el terruño, pendientes de los poderosos Yanquis de Mickey Mantle en las Grandes Ligas, y también de los Dodgers; con la encendida rivalidad entre Bóer y Cinco Estrellas aquí; siguiendo las huellas de los boxeadores caseros que provocaban repercusión tratando de abrirse paso en los rankings mundiales; cuando el Real Madrid –aún con la presencia de DiEstefano- tenía entre nosotros poco significado, y el Barcelona menos; me sentí impactado por Pelé, el fenomenal chavalo brasileño de apenas 17 años –yo tenía 14- que se había convertido en la figura cumbre de la Copa del Mundo realizada en Suecia, con suficiente difusión en Nicaragua, sobre todo, por los medios escritos de aquel tiempo, cuando el mundo solo era imaginado en blanco y negro, como lo veo ahora, mirando hacia atrás desde la butaca del progreso alcanzado.

Cada viernes por la mañana, faltaba a clases en las primeras dos horas, porque acostumbraba adquirir en la librería de Ramiro Ramírez, ubicada en la agitada Avenida Bolívar, las revistas “Gol y Gol” de Chile y “Deporte Ilustrado” de México, más Condorito que era elaborado en Chile, una revista de cine titulada Ecran, y las novelas de vaquero escritas por SilverKane y Keith Luger, comenzando a darle forma a lo que llegó a ser cincuenta años después, una llamativa biblioteca.

Habiendo pasado esa etapa de mi vida deambulando en la pobreza, sin pretender rescatar de la orfandad mi futuro tan borroso, en lugar de comprar algo para comer en los recreos o distraerme algo los fines de semana, utilizaba lo poco que podía captar, incluyendo lo que producían ciertos trabajos ocasionales como vender mapas en el Instituto, aprovechar mi habilidad para dibujar letras góticas confeccionando diplomas en cierres de año escolar, y agregar lo que ganaba a tiempo parcial como “utility”en la Ferretería Angulo, para hacer esas compras, y más adelante, suscribirme al periódico Excélsior de México, que fue mi mayor fuente de información, principalmente en las Copas del Mundo, lejos todavía de soñar llegar a ser un cronista de deportes “a la brava”. A simple vista, aquello era, como decía mi padre siempre molesto por mi desviación de los estudios:“vagancia pura, con el tiempo y el poco dinero disponible perdidos”.

Leí todo lo que se escribió sobre Pelé en ese Mundial de 1958 y quedé asombrado de su brusca y espectacular incursión en las Copas, saltando al estrellato. Cuatro años después, cómo me dolió que “El Rey” del fútbol, quedara al margen de la Copa realizada en Chile 1962 -ganada también por Brasil- víctima de una lesión, limitado a solo un juego completo y parte de otro.

En 1966, estaba muy bien informado de los 16 equipos que competirían en Inglaterra. Me identificaba con Brasil también por culpa de Pelé, y fue para mí un verdadero drama, aquella eliminación en la fase de grupos por las derrotas frente a Hungría y Portugal, una sin Pelé, y la otra con él cojeando, consecuencia de la brutal agresión sufrida ante Bulgaria. En ese momento ya me encontraba en la Universidad tratando de estudiar Ingeniería contra vientos y movimientos telúricos, pese a no tener suficiente ingenio, y tuve que resignarme a esperar pacientemente por el Mundial de México.

Lo que son las casualidades en la vida. En aquel 1970, había aterrizado en la redacción del diario La Prensa que dirigían Pedro Joaquín Chamorro y Pablo Antonio Cuadra, y dos de los Jefes, Danilo Aguirre y Agustín Fuentes, me encargaron un trabajo previo al Mundial Azteca. Joven todavía con 26 años, me atreví “a jugar” el Mundial un mes antes en una página completa del periódico, la que conservo con cariño inextinguible, haciendo consideraciones sobre cómo iba a moverse cada equipo en los cuatro grupos, hasta llegar a la probable final Italia-Brasil, que ocurrió, con la única y grave falla, que yo tenía a Italia ganando la Copa.

En ese Mundial vi lo más grandioso de Pelé, quedando grabadas en el disco duro de mi memoria tres jugadas que no terminaron en goles, pero grafican la astucia y destreza de un fuera de serie: el cabezazo contra el piso junto al poste en el duelo con Inglaterra, que detuvo Gordon Banks dejando al mundo sin aliento; el tiro lejísimo contra Checoslovaquia paralizando al arquero Víctor, y el cruce insospechado con amague y cambio de dirección, mostrando su creatividad, que le hizo al estupendo arquero Mazurkiewickz frente a Uruguay, saltando sobre la pelota y proyectándose circularmente por detrás. Lamentablemente, su remate de derecha se fue rascando el poste, pero aún así fue calificado como una genialidad.

En vivo y en directo, como se dice, lo vi jugar tres veces: en El Salvador jugando con el Santos contra el Alianza; en San José de Costa Rica, también con el Santos frente al Saprissa de “Yuba” Paniagua, entrevistándolo en el Hotel Royal Dutch, con la participación de otro periodista nicaragüense, Oscar Montalván; y en 1977 en New Jersey, cuando se retiró, al día siguiente de la pelea Alí-Shavers en el Garden de Nueva York.

De esa forma, los muchachos universitarios, seguidores ahora del Madrid y del Barcelona, los que discuten sin agotarse ni perder lucidez sobre Messi y Cristiano Ronaldo, quedaron claros que me sentí atraído hacia el fútbol, por culpa del tal Pelé, aquel chavalo prodigioso que sacado de la Lámpara de Aladino, marcó seis goles en los últimos tres triunfos de Brasil en Suecia, para garantizar la conquista de su primera Copa del Mundo.

En 1995 en Buenos Aires, durante los Juegos Panamericanos, siendo Pelé Ministro de Deportes de Brasil, coincidí con él en el lobby del Hotel Sheraton. Nunca más lo volví a ver, porque cuando llegó a la Sala de Prensa del Estadio “Soccer City” en Johannesburgo, en el Mundial de Sudáfrica del 2010, yo no estaba, por haber regresado al Hotel Holiday Inn en el que me hospedaba en Roodeport. Todavía lamento esa oportunidad perdida.