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Relata Shakespeare que informado de la muerte de su padre, el Rey, Hamlet expresó: “Algo huele mal en Dinamarca”. Y ayer, informados de la derrota sufrida por el Barsa ante el agitado Valladolid 1-0, víctima del gol de Rossi en el minuto 17, como agregado a todo lo terriblemente complicado que hemos estado viendo en el campamento azulgrana desde hace un buen rato, con la pereza y la tristeza reemplazando a la grandeza, es natural exclamar: “algo huele mal” en este equipo tantas veces pontificado.

¿Cómo fallar con ese ejército?

Ahí estaban Messi y Neymar, vaticinados como dos de los súper-estrellas que iluminarán el Mundial de Brasil; y también Busquets, Xavi y Cesc, que se mueven con tanta elasticidad y facilidad de maniobra en la flexible cintura de la Selección de España; y Pedro, el fiero atacante de estupendo olfato y fulminante remate; y Mascherano, uno de los pilares de Argentina; y Alexis, fijo en la ofensiva de Chile; y Piqué, y Adriano, y Valdés, pero ese equipo fue incapaz de producir fútbol fluido, de desequilibrar, de marcar un gol.

Sin el menor temor, y confiando en poder manejar el “tiki-taka” improductivo del Barsa, se fue agigantando el Valladolid incursionando con suficiente atrevimiento, maniobrando en el área con mayor seguridad, y creando dificultades. Se pensó que el Barsa estaba tardando en tomar los hilos del partido, pero su falta de orientación, fue de preocupante a decepcionante.

La estocada de Rossi

La atajada que le hace Mariño a Messi en el minuto 9, frenando un escape vertiginoso, y la pelota que falla Neymar por la izquierda por encima del travesaño, casi con toda la cabaña disponible, condicionaron al Barsa y terminaron empequeñeciéndolo. Qué confusión fue fabricada en la defensa azulgrana, buscando cómo sacar de la zona roja un balón sin control, hasta que un mal rebote le permitió a Rossi soltar ese derechazo que superó a Valdés para el único gol del juego.

Aún jugando mal, el Barsa había logrado acercarse a solo un punto del Real Madrid, con el Clásico aproximándose; pero esta derrota, su cuarta en la Liga, hace sonar las alarmas. Por sexta vez en sus últimos siete partidos en casa, el Barsa inicia perdiendo, y con la creatividad y realización de antes, enlatada, queda expuesto a ser atrapado por la inseguridad, lo que ha ocurrido. Por ahora, parece ser un perezoso entristecido entre escombros.