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Ese equipo que derrotó 2-1 al City en un partido vibrante, de ritmo a ratos frenético, es “otro” Barsa, no el casi patético, que sin una gota de sangre y su alma encarcelada, fue visto inutilizado frente al Real Sociedad y el Valladolid, mostrando un fútbol sonámbulo, carente de ideas, lamentando el dolor de ya no ser.

No fue la de ayer una exhibición de brillantez cegadora, pero contra la intensidad de un City bien armado y apurado, y lo confuso que fue el arbitraje, filoso para los dos equipos, apareció un Barsa despierto, dinámico, efectivo, presionando, tratando de reencontrarse un poco con su iluminado pasado reciente.

Par de diablos

El accionar de Messi volvió a ser rápido, de mucha destreza y de gran incidencia, y la movilidad desconcertante y bien elaborada de Iniesta, fueron los factores que impulsaron al equipo azulgrana hacia la victoria. Viendo al City responder a las exigencias tan integralmente, aun antes del ingreso de Dzeko por Agüero, uno queda convencido de que no hay mayor estímulo que el interés por reivindicarse, un punto de convergencia en las intenciones de los dos equipos.

El gol de Messi estableciendo el 1-0 en el minuto 67, cacheteando dentro del área por la derecha, esa pelota que Cesc le hizo llegar con rebote en Lescott, aplicando sutileza de violinista, fue un deleite; lo mismo que la maniobra de Iniesta, también por la derecha, deshilachando a la defensa inglesa y sacando de foco al arquero Hart, pasándole a Alves para el remate que desató un nudo, quebrando el empate 1-1, conseguido discutiblemente por Kompany, con Lescott moviéndose propiamente frente a Valdés, evidentemente adelantado.