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Cautivo de su exquisita sensibilidad boxística, Román “Chocolatito” González se mantuvo avanzando, haciendo deslizar su cuerpo ondulante sobre pies que no exigían mayor esfuerzo, para estar lo suficientemente cerca de su adversario, y garantizar que las descargas, serían precisas y dañinas. No fue necesario terminar el tercer asalto para realizar un trabajo de demolición próximo a la perfección, aniquilando al filipino Juan Purísima, sometido a un corto, pero agobiante calvario.

A diferencia de otras peleas, en esta ocasión, la contundencia del pinolero con su golpeo de frecuencia ininterrumpida, no fue suavizada por la armonía. Después de un primer asalto para “tomar medidas” utilizando su zurda como golpe de apertura y de seguimiento, arriba y abajo, manteniendo su derecha amartillada para soltarla ocasionalmente, “Chocolatito” decidió ir directamente a la etapa de simplificación.

Sin pegada

En tres minutos, quedó claro que Purísima no tenía punch para inquietarlo, y que tampoco disponía de recursos para intentar “torearlo”. Así que, con el semáforo en luz verde sin intermitencias, utilizando esa zurda deslumbrante como látigo y como arpón, Román logró acribillarlo contra las sogas en el segundo asalto forzándolo a un agarre angustioso, antes de traerlo mansamente al centro del ring, para facilitarle un derrumbe sin pie de foto.

Obviamente todo estaba escrito, como diría Diógenes, y la única interrogante era ¿en qué momento se produciría el desenlace? Sin posibilidad de algún “Plan B”, Purísima salió al tercer asalto sintiéndose desnudo en el desierto, expuesto en su soledad a la agresividad del nicaragüense, despojado de toda posibilidad de resurgimiento. Ese sentimiento que taladra, lo impulsó a un atrevimiento imprevisto, como intentando mostrar algo. Fue un suicida yendo de frente a las bayonetas. Su apertura de round, la apagó rápidamente la sanguinaria frialdad que caracteriza a Román, y casi de inmediato, entró al infierno empujado por un fiero bombardeo.

Ese pájaro conocido como la compasión, revoloteó alrededor del árbitro, y la pelea tan desequilibrada, fue detenida. La mirada de Purísima fue de agradecimiento. En boxeo, muchas veces, recortar sufrimiento innecesario, equivale a un tiempo más de vida.

Falló el nuestro, tres izquierdas casi consecutivas en el segundo asalto, pero sin soltar las riendas del combate, ni aflojar la intensidad de la presión. Fue un breve entrenamiento, tranquilo y de rotunda superioridad, del “pequeño dragón” para ir en busca de una tercera corona mundial.