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¿Puede un jilguero, aún siendo tenazmente agresivo y suicidamente aguerrido, intimidar al águila? En el séptimo asalto, el japonés Teruo Misawa, se disipó como la respiración del viento, víctima del golpeo variado, potente y preciso, del pinolero Juan Palacios.

Realizando quizás el mejor combate de su vida, Palacios, muy diferente al púgil lento, con poca dinamita y carente de ideas que vimos contra Omar Soto en Ponce, Puerto Rico, mostró su lucidez entre las cuerdas, construyendo una significativa victoria que nos hace pensar con mucho optimismo sobre su futuro.

Es la clase de pelea que motiva al público. Misawa, pese a su clara desventaja en estatura y alcance, decidió desde que sonó la campana, tomar riesgos recortando espacios, fue a fondo en todo instante y logró forzar las acciones obligando al nicaragüense a utilizar todo su armamento en busca de establecer algo de orden. Finalmente, el japonés fue “amortajado”.

Esa combinación de izquierda y derecha sacudiendo la cabeza de Misawa en el round 7, fue el principio del fin. Sin perder la calma, exhibiendo esa frialdad que caracteriza a quienes tienen la sartén por el mango, volcándose con seguridad hacia el objetivo, Palacios apretó a Misawa contra las cuerdas y lo derribó por segunda vez en el transcurso del agitado combate. Con el japonés tratando de salir de la zona “alerta roja” manoteando tinieblas, Palacios pisó el acelerador y aprovechó la claridad proporcionada por su dominio, para ensayar esa descarga interrumpida por la piedad del árbitro.

Atrás, había quedado un inicio de mucha agresividad por parte de Misawa, su sorprendente y brusca arremetida en el segundo minuto del tercer round, aturdiendo un poco al nica y haciendo sudar nuestras pantallas, y faltando 45 segundos en esa misma vuelta, dos izquierdas, una en gancho ascendente a la quijada y otra en cross corto al mismo sitio, tumbaron al japonés volteando espectacularmente el asalto.

En la esquina, el rostro sangrante de Misawa, con sus costillas gimiendo y su mandíbula crujiendo, lo decían todo. Ese fue el momento clave de la pelea porque permitió borrar la ventaja que había edificado el retador en ese round, y dejarlo tan abollado, que difícilmente podría salirse del hoyo.

Misawa, metido en la olla de presión, mantuvo su intensidad en un alarde de coraje arremetiendo en el inicio del cuarto asalto, pero era un jilguero, y Palacios, un águila, lo estuvo recibiendo con sólidas y acertadas combinaciones de golpes, moviéndose con más propiedad sobre la tarima y sacando leve y justa ventaja en un round difícil.

El japonés casi cae en el inicio del quinto, pero sobrevivió frente a la serenidad y puntería de Palacios, quien supo utilizar el espacio disponible para la aplicación de sus golpes largos, y hasta inventar un cambio de guardia, olvidándose del corte accidental encima de su ojo izquierdo sufrido en el curto asalto.

Apoyándose en su martirizante izquierda, Palacios atravesó el sexto round y “mató” en el séptimo juntando poder, frecuencia, control y seguridad, confirmando que un jilguero, por muy atrevido, temerario y valiente que sea, no puede intimidar al águila. Misawa se disipó como la respiración del viento.