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“Tengo que agradecerle profundamente al boxeo, haberme permitido ser alguien en esta vida”, dijo hace unos años en Canastota, con una solemnidad conmovedora, el escocés Ken Buchanan, a quien Roberto “Mano de Piedra” Durán, arrebató espectacularmente el cinturón Ligero.

Ciertamente, como diría Shakespeare, el boxeo te ofrece la oportunidad de ser o no ser.

“¿Qué hubiera sido de Carlos Monzón sin la posibilidad de ser alguien que le ofreció el boxeo?”, me dijo en una ocasión Tito Lectoure, el manejador argentino que lo llevó a la pelea de título mundial con Nino Benvenuto, en el Palacio de los Deportes en Roma, en 1970.

Esa noche, Monzón, quien subió al ring siendo considerado un no favorito, le dio forma y fondo a su futuro. Su vida cambió, y aunque todos conocemos su trágico final, hizo historia, dejó huellas, pudo ser alguien.

¿Qué hubiera sido de Mike Tyson si Cus D´Amato no lo saca de la cárcel y lo deja encarrilado para que se convirtiera en el más joven Campeón Mundial de la categoría pesada? Seguramente Tyson se hubiera desvanecido sin trascender, y su única trayectoria estaría dibujada a través de las prisiones. Pero, por medio del boxeo, pese a no poder conseguir un enderezamiento conveniente y ser perseverante en lo dañino, se transformó en una celebridad.

Eso explica porque rápidamente se agotaban los boletos puestos a la venta para cada uno de sus combates.

Mike fue alguien, aunque por momentos quizás tenebrosos, como el “Monstruo de la Laguna Negra”, pero el boxeo lo necesitaba y el público lo asimilaba, sólo como epicentro del espectáculo.

¿Qué hubiera sido de Jack Dempsey, o Joe Louis, o Rocky Marciano, sin el boxeo como opción disponible? Ellos avanzaron por senderos tortuosos de una tarea que mezcla la violencia con la crueldad y es devastadora, hasta llegar a convertirse en leyendas. Recuerdo cuando estando en Canastota, sede del Salón de la Fama del boxeo, vi caminar algunos fantasmas, como los de Kid Gavilán y Bobo Olson, que lucían terriblemente deteriorados, como pálidas sombras de lo que fueron.

La admiración sin fronteras de los aficionados parecía no abrir espacio para los lamentos… “Hey Kid, fírmame aquí por favor, déjame tocarte, permíteme una foto, un saludo, un abrazo…Gracias Kid, tú fuiste grande y siempre serás grande”… Gavilán trataba de sonreír con dificultad, atendía y se alejaba a paso lento.

Después de haber sido un gran Campeón, Gavilán estuvo escalando montañas de problemas, se sintió acorralado, y tuvo que batallar con más bravura que la que necesitó en el ring.

El público no quiere saber de los sufrimientos de su ídolo; simplemente se aferra a los recuerdos de su grandeza boxística, como si hubiera sido un colchón permanente para amortiguar todo tipo de incomodidades. Pese a todo, hay quienes piensan: “yo hubiera querido ser él”.

Ser o no ser, como dice Shakeaspeare en Hamlet. “Yo seré siempre Rubén Olivares. Políticos van y vienen, pero yo soy Rubén, y no necesito de pancartas para que la gente me conozca, y me salude y me tenga cariño. Soy alguien hermano, en México y fuera de mi país.

Todo eso, gracias al boxeo. No puedo quejarme”, ha dicho reiteradamente el mejicano, pese a que los días de vino y rosas quedaron atrás desde hace un buen rato.

De pronto, uno recuerda las escenas de “Rocky”, con Stallone intentando ser alguien, o “El Campeón”, con John Voight calando muy profundo en nuestro espíritu; o Danzel Washington en “Huracán” y Paul Newman en “Estigma del Arroyo”, batallando fieramente por emerger del anonimato.

Aunque sólo es válido para una pequeña fracción, el boxeo es para algunos una puerta de escape hacia el futuro.

dplay@ibw.com.ni