•  |
  •  |
  • END

dplay@ibw.com.ni
Hay algo noble, soñador y romántico, alrededor de cada uno de los héroes deportivos que, en base a sus impresionantes ejecutorias, nosotros dimensionamos con admiración y deleite. Aunque los standars son demasiado altos y las expectaciones que los envuelven demasiado grandes, nosotros creemos que ellos son capaces de cualquier tipo de esfuerzo que conduzca hacia la grandeza... Incluso, llegamos a suponer, que como un modelo a prueba, son incapaces de cometer errores, olvidando que también son humanos.

Ahí tenemos el caso de Mickey Mantle, uno de los más impactantes símbolos producidos por el béisbol, fallecido en 1995.

En el cuarto de trabajo que tengo en mi casa, escarbando en la sección amarilla del archivo que ha sobrevivido al ataque implacable de las polillas, me encontré con una impresionante foto de Mantle realizando aquel feroz swing que emocionaba a las multitudes, escalofriaba a los pítcheres, estimulaba a los cronistas y lo aproximó al mito.

Contraste de imágenes
Es una simple foto en blanco y negro, pero como dicen quienes han visto en la Iglesia romana de San Pedro en Cadenas, la famosa escultura “El Moisés” de Miguel Ángel, sólo le hace falta escuchar el crujir de los músculos. Ahí está graficada la “maquinaria” más poderosa del juego golpeando brutalmente la pelota, mientras su rostro, retorcido por el esfuerzo, no por los estragos del alcohol, parecía una mezcla de poesía, sinfonía y pintura.

Es justamente la imagen de Mickey que tengo grabada en mi mente desde los años 50, cuando reemplazando al gran Dimaggio logró seguir empujando a los Yanquis por el sendero de la grandeza.

En agosto de 1995 yo estaba en Cleveland para cubrir una serie Orioles‑Indios después que Denis resultó con su rodilla izquierda lesionada, cuando Mantle murió. El Sports Center presentó un especial de su vida, y la imagen borrosa de sus últimos momentos fue dramáticamente estrujante, casi sangrante.

Ese hombre torturado, con los ojos hondos y el rostro marchitado, no parecía tener ningún punto de contacto con el sueño de aquellos músculos y de aquel swing, que fue considerado un emblema del poderío atlético. Nadie puede sobrevivir a una racha de 40 años bebiendo y trasnochando sin control, urgentemente necesitado de un trasplante de hígado y terriblemente afectado por un cáncer de veloz y espeluznante desarrollo, que lo obligaron a unas implacables sesiones de quimioterapia.

El pelotero que finalizó sus Memorias con la inolvidable y motivadora frase: Si quieres llegar a ser alguien, tienes que luchar a muerte por lograrlo utilizando ese valor que seguramente tienes. No permitas que siga oculto. Terminó admitiendo amargamente su fragilidad: “Dios y la vida me dieron demasiado, y lo eché a perder... Tómenme como un modelo: no sean como yo”.

Heroico final de juego
Sobre a esa actitud, repleta de valor, revestida de entereza, cobijada de humildad, resignada ante lo inevitable, Bob Costas dijo en su brillante discurso durante el funeral del gran pelotero: “Cierto. Fue un héroe frágil, pero peleando con la muerte lo he visto jugar el más heroico noveno inning que yo recuerde”.

Tan grandioso como fue, Mantle pudo haber sido superior en todas sus ejecutorias en el diamante, si no hubiera “incinerado” parte de sus portentosas facultades atrapado por desviaciones malignas.

Empujado por una creencia fatalista de que moriría joven, igual que su padre, su abuelo y dos tíos, víctimas de la enfermedad de Hodkin, Mickey se precipitó a disfrutar lo placentero que podía tomar de la vida sacrificando el desarrollo de su extraordinario potencial. La muerte de su hijo Billy, atrapado también por el alcohol, completó el círculo de frustración de un “Monstruo” perdurable, pero un héroe frágil e imperfecto como lo fue Mantle a lo largo de su impresionante trayectoria.

Debilitado por la cirrosis, el hígado sufrió un terrible daño hasta desembocar en una aguda hepatitis y llegar al descubrimiento de un tumor canceroso. La sentencia médica: “El próximo trago que tomes puede ser el último”, dejó a Mickey contra la pared atado de pies y manos.

Conspirando contra él mismo
Fue Casey Stengel, su manager y al mismo tiempo el más grande fanático que tuvo, quien dijo: “Sólo imaginen de lo que hubiera sido capaz si se ha sometido a una disciplina que le permitiera un adiestramiento exigente”.

Deteriorado físicamente al ritmo de catorce intervenciones quirúrgicas para reparar lesiones, Mantle pasó de ser el hombre más rápido de home a primera en la historia del béisbol, con recorrido de 3.1 segundos, a un cojo por siempre sangrante, que necesitaba imperiosamente de su corazón para obviar el deterioro atlético.

“Él nunca se preocupó por una rehabilitación adecuada después de cada lesión. Siempre creyó que todo volvería a su lugar naturalmente. Jamás tomó una hora extra de preparación intentando mejorar su frecuencia ponchadora. Consideraba que era suficiente hacer pasar sus batazos encima de los edificios”, escribió Dave Anderson.

Y, pese a eso, fue un fulgurante ganador de la Triple Corona; un tres veces Pelotero Más Valioso de la Liga Americana; un bateador de 536 jonrones; un empujador de más de un mil 500 carreras; dueño de la marca imposible de 18 jonrones en Juegos de Serie Mundial; capaz de dos temporadas con más de 50 jonrones; un campeón bate de la Liga y el más temible enemigo que cualquier pitcher podía imaginar. Enfrentarlo equivalía a comprar un pasaporte al infierno.

Su debut fue difícil
Firmado por 7 mil 500 dólares como short stop errático y capaz de poncharse cinco veces en un juego, Mantle fue devuelto a las menores en 1951 para hacer ajustes tanto en su fildeo como en la mecánica de su swing, y su reinstalación como jardinero derecho, a la orilla de Dimaggio, le permitió comenzar a proyectarse rápidamente hacia las esferas de la espectacularidad, mientras Gil McDougal capturaba el título de Novato del Año.

El “quiero ser como Mickey” fue un sueño de todo chavalo apasionado por el béisbol a lo largo de más de dos décadas; bateando, corriendo y fildeando, Mantle mantuvo nuestros corazones agitados llevando la emoción a niveles insospechados.

Durante 18 temporadas, él permaneció resplandeciente, deslumbrándonos. Nadie como él, aún ponchándose, era un espectáculo.

Por pulgadas, en dos ocasiones, una frente a Pedro Ramos y otra contra Bill Fischer, estuvo a punto de convertirse en el primer bateador que sacaba la pelota a la calle por encima del techo de las graderías del tercer piso del jardín derecho en el Yanqui Stadium.

En 1974 ingresó al Salón de la Fama de Cooperstown. Murió a los 63 años, cuando ganaba más por firmar autógrafos que lo obtenido con su mayor salario en Grandes Ligas, que fue de 100 mil dólares.

De vez en cuando, en mi cuarto de trabajo, me detengo frente a esa foto en blanco y negro que deja constancia del swing de Mantle. Lo veo y me parece escuchar el crujir de sus músculos mientras desarrollaba ese violento y destructivo swing.

El “Monstruo” del tolete permanecerá perdurable en nuestro recuerdo, aunque el héroe haya sido muy frágil e imperfecto.