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¿Qué es lo que pensé al caer el telón de la temporada de 2001 con Cal Ripken anunciando que no jugaría más? ¡Qué desgracia! Todos envejecemos, todos llegamos a flaquear y todo se acaba, incluso un súper-pelotero como Cal Ripken, que llegó a dar la impresión de ser indestructible.

El formidable paracorto de seis pies y cuatro pulgadas que lució inmenso con los Orioles de Baltimore a lo largo de una carrera de 21 años, conectando 3,184 hits, incluyendo 431 jonrones, mientras capturaba un título como Novato del Año y dos Más Valioso, asegurando su ingreso al Salón de la Fama, aterriza hoy entre nosotros.

Ripken, que viene acompañado por Denis Martínez, será el inquilino de Cooperstown número 12 que vemos en este país, siguiendo las huellas imperecederas de Willie Mays, Joe DiMaggio, Bob Feller, Roberto Clemente, Ferguson Jenkins, Ozzie Smith, Monte Irvin, Orlando Cepeda, Ralph Kinner, Al Kaline y Rod Carew.

El gran pelotero debutó como big leaguer el diez de agosto de 1981, en un partido en que precisamente Denis Martínez enfrentó a Denis Leonard, de los Royals de Kansas, corriendo como emergente por Ken Singleton en el inning 12, y anotando la carrera de la victoria.

Ripken planeó un asalto a largo plazo considerado imposible, y lo logró provocando asombro, arrebatándole al legendario Lou Gehrig un récord que parecía más consistente que las montañas de Colorado: 2,130 juegos consecutivos en acción, y lo más importante, produciendo emociones con un elevado nivel de rendimiento.

Bateador de tacto y poder, muy oportuno, capaz de impulsar 1,695 carreras, fue también brillante fildeando, como lo demuestra su más impresionante temporada con sólo tres errores en 161 juegos como short stop.

Ripken fue creciendo y desarrollándose con un sólo uniforme, el de los Orioles, hasta convertirse en una leyenda viviente. Fue Novato del Año en 1982, y de inmediato, en 1983, Más Valioso de la Liga, título que volvió a obtener en 1991. También brilló en Juegos de Estrellas y fue ganador de dos Guantes de Oro como paracorto. Ripken era un pelotero que todo manager y toda organización deseaba tener.

Superó a Gehrig y llevó el récord a 2,632 juegos, instalándose como el nuevo “Caballo de Hierro”, en una época agobiante en que se recomiendan descansos saludables a los peloteros. Igual que Gehrig, derrotó todas las circunstancias adversas para mantenerse en el line-up respondiendo a las expectativas.

Cuando Ripken, tan inmenso como una montaña, se retiró, Baltimore se sintió “amputada”, como París sin el Arco del Triunfo y Roma sin el Coliseo. El béisbol fue golpeado en la mandíbula por la pérdida de uno de sus símbolos.