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Crecí viendo al mejor equipo de la Liga Americana hacerle frente al mejor de la Liga Nacional, en cada una de las Series Mundiales. No se habían ramificado las ligas en divisiones, no había seis ganadores, y menos espacio para que segundos lugares metieran sus narices. Ahí estaban siempre, los mejores equipos sin sombra de duda. El deporte puro encima del negocio. Hasta que el beisbol, como ha ocurrido con todos los deportes, se trasladó a Wall Street con la gente de saco y corbata más importante que los peloteros. Babe Ruth y Lou Gehrig no vieron nada de lo que nos aturde ahora. Ni el juez Landis, ni el coronel Ruppert.

Por eso es que nunca le hice swing a eso de agregar un comodín. Me pareció una aberración. Un equipo de segunda línea, clasificando directamente para la postemporada. Ah, pero finalmente, la fuerza de la costumbre doblegó nuestros desprecios a esa extraña variante, que llegó a producir equipos ganadores de Series Mundiales, como Marlins y Angelinos. Pero cuando se decidió introducir un segundo comodín, consideré que era el colmo, aunque no por eso iba a ser un “exiliado” del beisbol. Era natural preguntarse: ¿Hasta dónde pensaban deteriorar la mecánica del beisbol pensando esencialmente en el engrandecimiento del negocio?

LA NBA FUE MÁS ALLA

A la orilla de una jícara con pinolillo, reflexioné: pronto, como en la NBA, estaremos viendo a 16 equipos fajarse en los Play Offs. ¿Se imaginan ese alboroto? Un equipo número ocho en su Conferencia, batallando por el título. Ojalá no llegue a ver eso, pensé.

Regresando con el beisbol, cuando se habló del “bendito” segundo comodín, junto con un nuevo rechazo, apareció el agregado de otra sorpresa: los dos comodines se eliminarían en un solo juego. El sobreviviente continuaría en la postemporada. ¡Diablos, después de 162 juegos, un solo duelo de vencer o morir, en un deporte tan expuesto a los imprevistos, estaría abierto a cualquiera. Por lo menos en la NBA se necesita resolver series a siete juegos en todos los casos, y eso evitó que un número uno como Indiana cayera este año ante un número ocho como Atlanta, que ganó tres de los primeros cinco juegos, entre ellos el de apertura.

Eso hace más justo el formato de las Copas del Mundo en fútbol, solo flexible a lo especulativo en la fase de grupos. Claro que uno preferiría en los Mundiales de fútbol, ya en octavos, juegos de ida y vuelta como en la Champions, que dejen las disputas claras, pero tenemos que resignarnos a los alargues y a los penales, aunque quedemos sumergidos en discusiones inútiles. Sin embargo, el método es drástico para todos, no solo para dos.

NO PARECE JUSTO, PERO…

¿Qué es lo que no me gusta en el beisbol? Qué un comodín como los Angelinos, que con balance de 67-45 sería líder en cualquiera de las otras dos divisiones, arriesgue la vida contra otro comodín mediocre, con balance de casi 500 puntos, es decir, igual número de ganados y perdidos, pero capaz de ganar el juego eliminatorio y matar al rival de superior nivel. ¡Qué tal estos Yanquis tan enclenques, en caso de superar a Toronto en el Este por una nariz, enfrentando en una sola batalla a los Angelinos, o quizás a Oakland, con el “as” japonés Masahiro Tanaka plenamente restablecido! Serían considerados favoritos para avanzar a los Play Offs.

Todo eso no me gustaba, pero ¡qué hay del excedente de intrigas en busca de meterse en la postemporada! Las batallas en cada una de las seis divisiones son electrizantes, y quedar entre los dos mejores segundos lugares, puede significar un pasaporte al paraíso. No importa que un líder se escape como en los viejos tiempos, hasta con 20 juegos de ventaja. En los Play Offs, sobre todo en la primera etapa apretada en cinco juegos, eso no tiene significado. Lo imprevisto anda zigzagueando puñal en mano. Y eso, interesa mucho. Debo admitirlo arrodillado.