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La magnitud y el peso de este hombre, reclaman una medida nueva de la utilidad a esta sociedad tan necesitada de ejemplos, podría decir Stefan Zwieg de Juan Bautista Arríen. Lo conocí hace 50 años por medio del deporte, y su muerte me ha impactado obligándome a rebobinar una relación tan firme como afectuosa, durante la cual me cobijó de consejos, como seguramente lo hacía con todos los que conoció, porque nació, creció y se desarrolló, para hacer el bien. Siempre fue el hombre que enalteció la sotana.

Para mí, nunca dejó de ser el Padre Arríen, ese jesuita de andar rápido y postura erguida que se movilizaba en los pasillos de aquella UCA en los años 60, provocando sin pretenderlo, una mayúscula admiración, imponiendo su personalidad, esparciendo sus conocimientos, abrazando el presente, cultivando el futuro. Imposible olvidar sus palabras desde el púlpito de la Iglesia el Redentor, cuando me casó en mi primer matrimonio. Me planteaba un compromiso, y cuánta satisfacción sentí cuando en mi última visita a su casa para la presentación del libro sobre los Mundiales de Fútbol, me dijo que había respondido a sus expectativas, antes de grabar un mensaje presentado en el aula magna César Jerez. Empujado por su bondad, exageraba obviamente.

Fue un cura de verdad, con o sin sotana, como debe serlo todo aquel que tiene como misión sembrar futuro sano, inyectar estímulo, multiplicar los panes del conocimiento. Decidió casarse, permaneciendo abrazado a su tarea original. Como jefe de familia, siguió siendo un ejemplo. Nunca aprendí a llamarlo “Doctor”, como lo era en antropología, filosofía, educación y teología. Fue el más deportista de todos los rectores universitarios que he conocido. Siempre lo vi como el Padre Arríen. Era el hombre y la sotana. Nuestra relación fue producto de la casualidad. Nacido en Bilbao, España, con el fútbol circulando aceleradamente por sus venas, detuvo su vehículo para ver a unos jóvenes fajarse en un partido callejero, en un campo abierto donde es ahora el Ministerio de Gobernación. Raramente fue una tarde lúcida para mí en la cabaña de uno de los equipos en conflicto deportivo, y me llevó a la UCA. Fuimos campeones nacionales invictos en 1968 superando al Diriangén de Catarrito y Peché, y más allá del fútbol, comenzó a crecer una amistad de lazos familiares, extendida a Chilo, lo que le agradezco profundamente.

La súbita muerte de su hijo Javier Ignacio, le fragmentó el alma, pero volvió a juntar sus pedazos, y siempre abrazado a esos principios irrenunciables y la responsabilidad con su otro hijo Juan Bautista, se puso de pie y siguió en la lucha. De muchas maneras me enseñó que la amistad no tiene edad y no caduca, es el verdadero divino tesoro, más valioso que la juventud a la que canta el poeta. Ser maestro significa alterar “la topografía” humana trazándole el sendero del bien, enseñar aprovechar al máximo el tiempo disponible, y ser forjador de generaciones. Exactamente eso fue lo que estuvo haciendo en cada instante a la orilla de Giovana, su esposa. Cuando miro por el espejo retrovisor durante mi paso tan agitado por esta vida, la imagen de Juan Bautista Arríen, siempre estará ahí, haciéndome señas, orientándome. El hombre y la sotana.