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Unos tres mil boeristas aparecieron en las carcomidas tribunas del anciano y agrietado estadio construido en 1948 por la firma Lacayo Fiallos, tratando de hacer ruido en la segunda victoria de los Indios sobre el Rivas, antes de asestar la última estocada y garantizar su boleto para la final de este Pomares 2014. Los locutores de beisbol, emocionados, saltaron de sus butacas para gritar a todo pulmón “¡Señores, el Bóer vive!”.

Un grito del alma

Pese a esa pequeña “señal de vida” de un boerismo que parece estar en vías de extinción, lo de ese día nada tenía que ver con los llenos que se registraban hace 50, 40, 30 o 20 años cuando el equipo capitalino entraba en acción para pelear por su sobrevivencia, disputar finales y en ocasiones ganar campeonatos, como ocurrió la vez de aquel hit decisivo del manager-jugador Calvin Byron en el último grito de un drama, que nos hizo sentir abrirse las puertas del paraíso, o cuando se le ganó al San Fernando aquella final de alarido, solo por citar dos casos.

Yo era un chavalo en los años 50, cuando fui estremecido por el grito de “¡Viva el Bóer!”. Un grito que salía del alma, que parecía inyectado de sangre, envuelto en una pasión ardiente que estallaba en las gargantas y que erizaba la piel. Uh, qué sentimiento tan profundo. El equivalente a sentirse en Buenos Aires en “La Bombonera” de Boca Juniors o en Guadalajara detrás de Las Chivas. Algo único. Y como boerista de tiempo completo atravesé aquella etapa de realismo mágico que nos ofreció la Liga Profesional entre 1956 y 1967, años recordables además políticamente por la muerte de Somoza García y la explosión del agüerismo.

Una gran intriga

El Bóer está en la final en espera del equipo costeño o del Matagalpa. ¿Será capaz de provocar otra erosión de fanatismo en esta Managua cada vez más indiferente a casi todo, excepto los temblores amenazantes y la escasez de frijoles? Esa es, quizás, la mayor intriga que rodeará la final, independientemente de quién gane. Y lo digo porque el viejo boerismo, ese que hoy anda en silla de ruedas con una artritis crónica, fue siempre estoico, mostrando su mayor apoyo en los momentos adversos.

Un público paternal, que apoyaba a su hijo frente al oleaje de dificultades. ¡Qué hermoso! Pero todo eso parece habérselo llevado el viento, junto con los bigotes de Clark Gable y la mirada de Vivien Leigh. El boerismo de hoy necesita de una urgente recarga sin vencimiento. He llegado a creer que esas muestras de adhesión vistas en los últimos tiempos son ocasionales y desprovistas de aquel sentimiento que encogía corazones y taladraba los huesos. No un falso boerismo, sino poco espontáneo, menos pasional, disminuido en su capacidad de motivación al equipo.

¿Quién es el símbolo?

El equipo que movía multitudes, que encendía polémicas, que hacía correr ríos de tinta en los periódicos, que agitaba las emisoras, se está desvaneciendo. Aunque no fue mi caso por ser hijo de granadino, el boerismo se fortaleció mucho vía hereditaria, casi como lo religioso. Desde antes de aquella feroz rivalidad con el Cinco Estrellas. El beisbol, y el Bóer, eran los temas dominantes de la chavalada antes de entrar a las clases en primaria y secundaria, y se extendía a la universidad, entrando a la madurez. De eso queda muy poco, algunas hilachas.

El Bóer de hoy carece de peloteros símbolo, una falla muy significativa. Puede que Nemesio Porras haya sido el último verdaderamente incidente en una fanaticada pasional. El cambio constante de nombres provocado por la alternabilidad del Pomares y la Profesional ha quitado identidad, y eso en pueblos grandes, como el nuestro, afecta severamente. ¿Cuál sería en estos momentos un buen póster de pelotero indio para colgarlo en nuestros corazones? No se me ocurre.

Solo queda el eco

No se trata de conquistar títulos, sino del apego a un equipo en el que depositamos esperanzas, con el que nos sentimos estrechamente vinculados, que le conocemos todo su sistema nervioso, que captamos los latidos de su corazón, que pensamos le corre la misma sangre por sus venas, que somos parte invisible de su estructura. Hoy aparecen en las tribunas con las camisetas del Bóer aficionados que conocen su alineación. Obviamente, cuando preguntas quién es el que viene a batear, el sentimiento no es el mismo.

Pienso que aquel boerismo, que podía generar electricidad a toda una ciudad, no volverá. Como muchas otras cosas, recordables para nosotros, no para las nuevas generaciones. A veces, parece que de ese viejo grito de “¡Viva el Boer!” solo queda el eco. Un grito que perteneció a las mañanas de sol caliente, a las tardes nubladas, a las noches vibrantes, a los días, a las semanas, a los meses, a los años. Al tiempo y al espacio.

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