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Aquel amanecer grotesco del 23 de diciembre de 1972, con la ciudad de Managua tan noqueada como Pompeya por la explosión del Vesubio; con el aturdimiento enloquecedor que produce el desconcierto de no saber hacia dónde vamos, ni de dónde venimos, ni cuál es nuestro próximo objetivo; con el calor cada vez más intenso derritiendo nuestros huesos mientras caminábamos zigzagueando columnas de humo sobre un presente súbitamente sin futuro, decidí ir a ver cómo había quedado el gran Estadio, el coloso construido en 1948, el captador de nuestras grandes emociones, el sitio en que nuestros corazones se agitaban con una aceleración incontrolable, donde el escuchar de esos rugidos estremecedores, nos hacía sentirnos más grandes, más valientes, más apasionados.

Gigantesco escombro
¿Qué es lo que me esperaba encontrar en el ombligo de la catástrofe? Lo obvio: ahí estaba el coloso, días antes tan resplandeciente como escenario de la XX Serie Mundial, el más grande espectáculo deportivo presentado en casa en el repaso de todos los tiempos, de rodillas, convertido en una ruina.

Lo veía y pese a estar consciente de los estragos de la catástrofe, no lo creía. El Estadio, gimiendo, crujiendo, golpeado en su hígado y su mandíbula, como Alí tumbado por el destructivo gancho de Joe Frazier en 1971. Tanto esfuerzo hecho para tener el mejor estadio de béisbol del Caribe, y no poder disfrutarlo después del grandioso Mundial. ¡Diablos, qué mala suerte!
¡Eh! , pero se mueve, hubiera dicho Galileo. No, ese Estadio no era un “cadáver”. Nunca lo fue y nunca lo será, así desaparezca su última viga. Hay algo indestructible, y es su contenido histórico que permanecerá por siempre.

Todo el país adentro
El 20 de noviembre de 1948 yo tenía 5 años. Fue mi padre quien me llevó a esa espectacular inauguración con todo el país adentro, en las tribunas y en el terreno, atrapados por el acontecimiento. ¿Un gran Estadio en Managua? ¿En aquella pequeña y polvorienta Managua? Uhhh, había que verlo.

Cuando veo la fotografía cada vez más amarillenta que tomó un fotógrafo pagado por mi padre, trato de concentrarme a ver si recuerdo algo con precisión, y sólo me queda el rugido de la multitud. Por vez primera en mi vida, vi tanta gente excitada.

Amigos, más de 30 mil personas cuando las graderías no tenían butacas y con el terreno invadido, quedan grabadas por siempre. ¿Cómo fue posible tanta gente en aquel tiempo en que todos sabíamos la dirección de cada vigorón y cada fritanga, con más coches y carretas que carros en las calles?

Fracaso total
Colombia derrotó 6-2 a Guatemala, y al día siguiente, Nicaragua caía ante Panamá 5-3, en lo que fue el inicio de lo que sería el más grande derrumbe que hemos sufrido deportivamente alrededor de unos sueños tan bien cultivados. En 1947, Nicaragua peleó el Campeonato Mundial en Colombia, y aquí, todos pensaron que en el 48, no nos pararían. La ausencia de Cuba y Estados Unidos multiplicaba las posibilidades, pero sólo ganamos un juego.

En el momento de máxima desesperación, Anastasio Somoza, el fundador de la dinastía, le quitó al cubano Juan Ealo las riendas de la Selección y decidió tomar el mando. Todo siguió igual y el caos fue total. Quizás con rifles y balas en lugar de bates y bolas, hubierámos podido ganar otro juego.

El Estadio, que abrió sus puertas con muchas cosas pendientes, terminó de construirse y fue sede de las Series Mundiales de 1950 y 1972, antes del terremoto, y de 1994 en tiempos de Doña Violeta, igual que en 1972 y 73, con Carlos García al frente del proyecto. Su funcionalidad fue asombrosa.

Los Súper-Estrellas
Sede principal de la Liga de Béisbol profesional entre 1956 y 1967, ese Estadio fue escenario de la Serie Interamericana realizada en 1964 y ganada por el Cinco Estrellas, pese a la presencia de Roberto Clemente y Orlando Cepeda, como agregados de una constelación de estrellas con los Senadores de San Juan.

Las Estrellas de Orestes Miñoso en 1956, las de Emilio Cabrera que inauguraron la iluminación en 1957 y las de Willie Mays, ese mismo año, nos hicieron sentir caminando sobre alfombras en el cielo.

Los famosos Trotamundos de Harlem, magos del baloncesto, ofrecieron una brillante demostración, y en su rectángulo para fútbol, vimos caer ante la Selección Nacional, al poderoso equipo argentino Estudiantes de La Plata, antes del aterrizaje de los equipos brasileños Flamengo y Corinthians para enfrentarse entre ellos, éste último, con el chavalo Rivelino.

¡Cuántas emociones!
Recordemos “al vuelo”, algunos de los eventos más resonantes: Circos como el famoso Dumbar y el Atayde se instalaron en ese Estadio; aquel llamado “Rosario viviente” con la presencia del Cardenal Spellman un día de las misiones; tomas de posesión en tiempos de los Somoza y más adelante con doña Violeta y Arnoldo; show musicales como el de Santana en el arranque de los 70, provocando la más grande cantidad de gente que se ha visto; competencias de motos y de carros aunque no lo crean; campo de concentración militar para ir a pelear en Mokorón durante la guerra que no fue; ahí estuvo una prisión mientras funcionó la Policía de tránsito; en 1954 se colocó frente a su entrada principal la estatua de Somoza a caballo; la pelea Ratón Mojica-Chartchai Chinoi, todavía récord de asistencia, en 1968; fue escenario de una corrida de toros con el famoso Luis Procura; figuras olímpicas como José Pedraza y Juan Martínez, caminador y fondista mexicanos, se desplazaron en su pista en 1969; torneos internacionales de béisbol, incluyendo la formidable Copa Intercontinental de 1977; la velada de Raúl Velasco; innumerables shows, entre ellos los de Maná y Juan Gabriel; peleas por títulos mundiales de boxeo con Eddie Gazo, Rosendo Álvarez y Adonis Rivas; hasta desembocar en la ocupación del Consejo Supremo Electoral.

El Estadio que creímos haber visto “muerto” en 1972, no goza de buena salud, pero ruge, luego existe. Stefan Zweig diría que su soledad es lúcida, casi resplandeciente, exenta de pesadumbre, cobijada por un tropel de grandiosos recuerdos que nos hacen aterrizar en la pista de emociones inextinguibles.