Jorge Eduardo Arellano
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El resultado: una paliza para los nicas, pero qué importaba eso. ¡Qué noche aquella! Próxima a lo fantasioso. Para casi 22,000 aficionados, de los cuales 20,548 compraron boletos, más importante que el atractivo juego entre el Cinco Estrellas y el poderoso equipo de peloteros cubanos estructurado por Emilio Cabrera, era ver iluminarse el estadio nacional, terminado de construir en 1948, hacía 9 años.

La fecha histórica en la que por primera vez veríamos jugar béisbol de noche, fue el 16 de febrero de 1957. Con 13 años, llevado por mi padre, ahí estaba yo en las tribunas bañado por la emoción. Se sentía en cada uno de nosotros un impulso como el mostrado por Arquímedes cuando salió desnudo del baño, perseguido por el júbilo indescriptible de su gran descubrimiento. Desde las butacas todos queríamos gritar: ¡por fin!, ¡por fin!
El primer bateador de los cubanos contra Alejandro Canales fue Ángel Scull, en tanto Argelio Córdoba, quien disparó dos hits en cuatro turnos, enfrentó a Camilo Pascual como lead off del Cinco Estrellas.

Una vez acomodados bajo la luz de las candilejas, el juego fue tormentoso para el Cinco Estrellas dirigido por Stanley Cayasso. La tropa de Cabrera, con sus pistolas en mano, funcionó como la pandilla de los hermanos Frank y Jesse James, y se lanzó al asalto, construyendo una victoria con “olor” a catástrofe 14-1.