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La nueva generación de seguidores Yanquis, esa que sólo escuchó sobre la grandiosidad de Babe Ruth, de Lou Gehrig, de Joe Dimaggio y de Mickey Mantle, han visto a Derek Jeter durante una fructífera carrera de 20 años, convertirse en el último “Dinosaurio” que creció y se desarrolló como pelotero de la realeza en Nueva York, hasta ser considerado un símbolo. Cuando eso ocurre, la satisfacción revestida de humildad, salta sobre el orgullo, con esa combinación de gracia y vértigo que Edwin Moses lo hacía sobre cada valla que encontraba en su camino.

El final de Jeter, ese momento tan temido desde aquel 13 de octubre de 2012 contra los Tigres, cuando después de una fulgurante actuación en la que a sus 38 años disparó 216 hits, el posiblemente irrepetible short stop yanqui se fracturó el tobillo izquierdo sacándole lágrimas a la Estatua de la Libertad, está a pocos días, y el beisbol sangra anticipadamente por esa pérdida de brillo, y sobre todo, del ejemplo que siempre fue dentro y fuera del campo.

FINAL SIN POSTEMPORADA

Los Yanquis sin Jeter. ¿Se imaginan eso? La Iglesia de San Pedro en Roma sin el Moisés de Miguel Ángel; París sin la Torre Eiffel; Barcelona sin la iglesia de la Sagrada Familia. Jeter, un pelotero de corazón valiente con alma de querube, dueño de un guante y un bate celestiales, está viendo esfumarse el sueño de jugar su última postemporada, tiempo en el que provocaba los mayores impactos, agigantándose encima de su grandeza. Estos Yanquis de 2014, sin Tanaka, sin Sabathia, con tantos lesionados, dependiendo de la improvisación, igual que el año pasado, no tienen cara de Play Off.

Pese a los múltiples reconocimientos, al tour por todos los parques, a las ovaciones de todas las multitudes, no es el final de carrera que Jeter quizás imaginó: Ted Williams disparando su jonrón 521, o Michel Jordan acertando su último disparo levantando polvaredas de admiración. Aún haciendo un esfuerzo supremo, lo mejor de Jeter se ha desvanecido. Sin embargo, ha tenido aliento para 134 imparables y 260 puntos en 127 juegos.

MOMENTO DRAMÁTICO

La imagen de 2012 todavía permanece fija, hiriente: Jeter moviéndose con agilidad hacia su izquierda en busca de interceptar el batazo de Johnny Peralta, lo que consiguió estirándose cuan largo es. De pronto, con su rostro distorsionado por el dolor, soltó la pelota y quedó tendido. Tratándose de Jeter, tenía que ser algo tan grave como el descarrilamiento de un tren llegando a la gigantesca estación de Penn, debajo del Garden. La multitud enmudeció en Nueva York sujetando sus respiraciones. Era el principio del final de un seguro miembro del Salón de la Fama. Todos lo sabíamos por su edad.

“Es el mejor yanqui de todos los tiempos”, dijo Jorge Posada. Pienso que supera a Gehrig, a Joe, a Mickey, pero no a Babe Ruth. Sin duda, estar detrás del “Bambino”, lo hace más elevado que el Empire State.

 

3,450 IMPARABLES es la impresionante cifra que acumula Derek Jeter con los Yanquis de Nueva York.