Edgard Tijerino
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Sesenta años después de aquella ruidosa y humeante inauguración, el Estadio Nacional, ese Coloso de concreto construido por la firma Lacayo Fiallos, ahora de rodillas, desteñido, paupérrimo, pide a gritos un pitcheo de relevo.

Terminado antes del Mundial de 1948, después de haber atravesado por un proceso acelerado de construcción, ese Estadio, hoy convertido en ruinas y llamado por cierto tiempo Denis Martínez, como si la grandeza del tirador derecho pudiese cambiarle el aspecto, es la única preocupación transformada en algo real, que hemos tenido en lo referente a instalaciones deportivas a lo largo de nuestra historia.

Si el terremoto del 72 lo hubiera dejado más inclinado que la Torre de Pisa, de igual manera, ahí estaríamos jugando y poblando sus graderías, corriendo con todos los riesgos imaginables.

Después de esa gestión realizada en aquel tiempo por Somoza García, nunca más hemos estado próximos a otra construcción de ese tipo. ¡Qué incapacidad amigos! Nuestra generación, no ha tenido aliento, ni creatividad, ni interés, en hacer otro, mientras en Chibcha, Cuzco y Palenque, y también en Guatemala, El Salvador, Costa Rica y Honduras, se levantaban nuevos estadios, gimnasios funcionales y diferentes instalaciones tan necesarias para el desarrollo deportivo.

Ni siquiera en los 80, cuando se apoyó tanto la actividad deportiva llegándose a organizar hasta 16 eventos internacionales en un año y elevándonos a más de 150 medallas en Juegos Centroamericanos, con atletas adiestrándose en el exterior y entrenadores viniendo hacia nosotros para garantizar el desarrollo, se pudo hacer una construcción parecida.

Desde la pedrada de Andrés Castro, en el strike más heroico de nuestra historia, ese Estadio ha sido lo único. Es decir, que eso nos hace comparables con Macondo, o con Comala, antes que en esas ciudades se tocara por primera vez el hielo y se descubriera la magia de los espejos.

Nuestros hijos, nuestros nietos, no han visto algo diferente a ese Estadio con “olor a escombros”, hasta hace poco, sin agua, atrapado entre telarañas, produciendo gemidos, usando linimentos. Sólo fue convenientemente “maquillado” por Carlos García en 1972, pero el terremoto lo regresó a la época de Espartaco, o de Máximo.

Se cayó el Hospital “El Retiro” y nunca volvimos a ver algo parecido; el estadio quedó cojeando y así ha seguido, en harapos; menos mal que el Teatro “Rubén Darío” sobrevivió escapando a lo fatal.

Después de 60 años, observarlo dan ganas de llorar y de preguntarnos como García Márquez en su Vivir para Contarla, si “¿ahí se acaba el mundo?”, o caer de rodillas y gritar rasgándonos la piel ¡Qué inútiles hemos sido!, porque ese Estadio, en ese estado, es una señal inequívoca de nuestra falta de capacidad.

Hay que construir otro, pero ¿cuándo veremos eso? Poco a poco esa ha sido una ilusión que el tiempo ha borrado y el viento se ha llevado.