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Los verdaderamente grandes peleadores son los que superan dificultades, los que son capaces de construir victorias estando ensangrentados como Marciano, los que se levantan de la lona para provocar estragos como Olivares, los que nunca piden tregua como Alí, los que parecen derrotados y en el último grito del drama emergen brusca y espectacularmente como lo han hecho Leonard con Hearns, Argüello con Olivares. Chávez con Taylor, y De la Hoya con Quartey.
Floyd Mayweather es campeón desde 1998, cuando era un súper-pluma moviéndose en las 130 libras. Su primera pelea con José Luis Castillo en 2002, lo sometió a serios cuestionamientos. Algunos de los conocedores consideraron que debió perder.
Desde ese momento, le fue difícil conseguir méritos. Su arrogancia, la forma de conducirse frente a los rivales, sus excesos, carcomieron la posibilidad de captar simpatías.
Le quedaba la opción de Mike Tyson y tantos otros, imponerse a fuerza de resultados, producto de actuaciones convincentes, pero avanzaba sin conseguirlo.
Liquidó a Gatti, a Sharmba Mitchell, superó a Baldomir en una gris actuación y luego frustró a Oscar de la Hoya.
El mejor peleador libra por libra menos aceptado por la crítica, necesitaba provocar un verdadero impacto, una victoria impresionante que lo mostrara de cuerpo entero, es decir, sufriendo y resolviendo, imponiéndose con autoridad, impactando con su boxeo, deslumbrando con su esgrima.
Todo eso lo logró Mayweather la noche del sábado en Las Vegas. Llegó a controlar la ferocidad de Hatton, asimiló muy buenos golpes, supo manejar las diferentes distancias, prevaleció en la pelea friccionada, se fajó bien los amarres, recurrió oportunamente al boxeo por afuera y demostró haber aprendido mucho de Alí en las sogas. Finalmente definió con un golpeo definitivo, rompehuesos.
Ese jab de Mayweather, veloz y certero, funcionado como las estocadas de Scaramouche, fue un permanente martirio para Hatton; la utilización magistral del paso atrás para regresar con combinaciones, aturdió al inglés; sus cambios de perfil que le permitían, por supuesto, cambiar de ángulos y de manos, fueron admirables; esa preparación física que lo mantiene en plenitud aún después de largos recorridos agotadores para otros, se convierte en el gran soporte de sus cierres.
Ya no se le puede seguir negando reconocimiento a las habilidades y a la inmensa calidad boxística de Floyd Mayweather. Ciertamente, es el mejor del mundo y el ranking libra por libra no miente.
Lo más asombroso, está en capacidad de seguir mejorando, de ser más grande. Ojalá aplique un poco de humildad al orgullo que lo ha lleva tan largo y tan alto. Es necesario, incluso para tipos grandiosos como Alejandro, César y Napoleón.