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La inmortalidad te permite esquivar la muerte, burlándote de ella con un zigzagueo como los de Lionel Messi, quitándote su marca de encima y apareciendo fantasmalmente por otro lado con un guiño de ojo, configurándote una y otra vez, caprichosamente si se quiere, juntando recuerdos imperecederos, siempre vívidos en la grandiosidad de una trayectoria irrepetible.

SIEMPRE PRESENTE

Por eso pienso que Carlos García siempre estará presente entre nosotros, los que hemos amado el beisbol con una pasión arrebatadora. Lo veremos de diferentes formas saltando sobre las dificultades que aparezcan intentando detenerlo: como Ulises regresando a Itaca; como Hércules cortando las cabezas de la Hidra de Lerna; como Aquiles enfrentando y derrotando a Héctor; como Leónidas en las Termopilas, pero sobreviviendo; como el hombre increíble que fue capaz de levantar de la lona nuestro beisbol amateur después de desvanecerse la magia del profesionalismo, organizando tres Campeonatos Mundiales en el terruño, una Supercopa, múltiples torneos internacionales, llevando a la Selección junto con la imaginación de Julio Verne a una vuelta al mundo, saliendo después de cuatro años y medio de cárcel con el mismo ímpetu y poniendo en marcha una serie de proyectos que lo dimensionan como único en la historia de nuestro deporte, una forma efectiva de aterrizar en la pista de la inmortalidad.

En la probable escena más perdurable de esa inolvidable película que es Casablanca, Humphrey Bogart le dice a Ingrid Bergman: “Siempre quedará París”, encapsulándose en el recuerdo del intenso romance que Rick e Ilse vivieron en la capital francesa. Y Carlos García, siempre estará entre nosotros, por el recuerdo nunca encapsulado de su inagotable romance con el beisbol, que lo hizo colocar todo a un lado, incluso su familia, al mismo tiempo que tomaba todos los riesgos imaginables con una determinación espartana.

LA GRAN INTRIGA

¿Qué hubiera sido de nuestro beisbol sin Carlos García? La respuesta a esa pregunta, dibuja su inmensidad como dirigente con el pincel que usó Miguel Angel trabajando el techo de la Capilla Sixtina. Sin Carlos en pie de lucha, no hubiéramos atravesando la grandiosidad de los años 70, ni disfrutado de aquella formidable Selección considerada como la mejor de todos los tiempos, ni visto cómo Denis Martínez pisaba el acelerador para convertirse en el primer y más grande big leaguer nicaragüense. ¡Qué enormemente incidente fue Carlos en todo eso!

UNA LARGA AMISTAD

Tuve la suerte de conocerlo en los inicios de 1970, precisamente cuando entré a la crónica deportiva y él ganaba una agitada elección a Gustavo Fernández, saltando a la presidencia del beisbol casero, decidido a transformar bruscamente presente y futuro, lo que consiguió con una fe de minero, con un empeño mueve-montañas. Después, junto a él, continué aprendiendo a trabajar sin horario, multiplicando esfuerzos, transitando sobre la carretera de un optimismo nunca desfalleciente, confiando ciegamente en alcanzar propósitos con una terquedad inquebrantable. Agradezco sus enseñanzas en esos aspectos.

Y encima de encendidas discusiones, de acercamientos y distanciamientos, construimos una amistad tan larga como la Avenida Insurgentes en México. Hombre astuto, producto de la escuela de investigación del FBI, egresado de la Academia Militar, con cursos avanzados en Perú, Carlos nunca perdía la cabeza, ni en los peores momentos, y nunca se precipitaba para actuar. Todo lo hacía medido con un estudio pormenorizado de los pro y los contra. Como si fuera un ajedrecista, trataba de anticiparse siempre al siguiente movimiento, y lo lograba. Tomaba el tiempo necesario para regresar con las respuestas apropiadas. Un zorro que solo fue recortado en su sagacidad por la implacable enfermedad, que lo sacó del box score de la vida, pero sin impedir que dejara un legado que es fuerte reto para las nuevas generaciones.

UN REFERENTE

Carlos, quien estuvo distante de la perfección coexistiendo con cuestionamientos sobre su estilo de mando y recursos para abrirse paso, no buscaba la inmortalidad, pero con su accionar incansable, derribando murallas de obstáculos, haciendo historia contra viento y marea, abriendo surcos y sembrando pasión por el beisbol, convirtiéndose en un dirigente permanente en crecimiento, la obtuvo. ¡Es un inmortal!

Siempre será un referente, por los siglos de los siglos.