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Garra, afán de protagonismo y autosuficiencia han sido algunas de las virtudes que han ayudado a que la calidad de Kobe Bryant ganara enteros. Durante años, él ha sido el único que ha controlado sus minutos de juego, su rol dentro del equipo e incluso las jugadas que había que realizar para que la bola terminara en sus manos antes de pasar por el aro en última instancia.

En la era Jackson, Bryant se encontraba en la flor de su carrera deportiva, y su extrema participación estaba justificada -39.3 minutos de juego desde 1999 a 2004 y 38.2 minutos desde 2005 a 2011. La Mamba Negra estaba en la franja de sus 21 a 33 años de edad, y logró una media de 27.6 puntos por juego entre las dos etapas de Jackson.

Mike Brown también estuvo obligado a amoldarse al buque insignia de los Lakers por antonomasia durante la última década y media. Sin rechistar, sin ni siquiera plantearse la opción de decir ‘no’ en alguna ocasión.

Entonces Mike D’Antoni apareció en escena y tuvo opción de calmar las ansias de un Kobe que ya llegó a los 35 años de edad. Durante la primera campaña del italo-estadounidense en el banquillo, Kobe jugó un total de 38.6 minutos por partido (27.3 ppj).

Cuando regresó el año pasado, la mala suerte --y lógica imperativa-- volvió a hacer acto de presencia. Seis juegos después de su retorno, Kobe se fracturó la rodilla tras estar sobre la duela una media de 29.5 minutos por juego (13.8 ppj). ¿Exagerada participación? ¿Regreso demasiado poco dosificado? D’Antoni tampoco fue capaz de frenar las ansias de Bryant, que volvió al dique seco.

El beneficio de las dudas es obvio. Dudas por tratarse de Kobe, el letal Kobe; dudas por cómo se comportará su físico en un equipo que todavía girará en torno a él. Y en el horizonte, una asunción obligada. De su nuevo rol, de otra manera de jugar al básquetbol más comedida y limitada; de otro modo de ver las cosas.