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Les regaló el primero a Neymar y el tercero a Sandro. Y metió el quinto y hasta tuvo tiempo antes para provocar y fallar un penalti. A Messi le da igual vestir de naranja o azulgrana, porque un mes después de comenzar la temporada lleva instalado el modo crack tan visible, que parece volar por el césped con una brillantez que asusta.

Leo pelea en defensa y asiste en ataque. Busca la portería rival, pero no le importa, nada, ceder el plano a cualquier compañero y así lo hizo con una asistencia de oro para que Neymar abriera la victoria primero y otra para que Sandro la transformara ya en goleada.

Se quedó en 399 goles, a uno de los 400 en su carrera profesional y a cinco de los 251 que mantiene a Zarra como máximo goleador histórico de Primera División. Precisa guarismos para batir marcas, pero no los necesita para enseñar que el retorno al Barsa del pasado que comanda Luis Enrique tiene en él al máximo exponente.

En el mismo escenario en que celebró dos títulos de Liga, Leo Messi lideró la mejor goleada de los últimos tiempos. “Los partidos son una globalidad”, advirtió el entrenador en la sala de prensa, dando por hecho que su equipo lleva el ritmo adecuado.

Desde la llegada de Luis Enrique se aventura difícil argumentar un partido del Barsa sin personalizar en el argentino. Para bien. Queda lejos en la memoria aquel partido que cerró el pasado curso ante el Atlético, cuando Messi personalizaba la pena del equipo. La mirada perdida, la ausencia en el fútbol, la poca electricidad y la nula alegría.

Un pasado que se intuye lejano. “Ha asistido de manera espectacular y ha marcado. Es un futbolista fantástico”, convino el entrenador asturiano que no se cansa de elogiar al 10.

Elogios tras elogios

“Hablamos de un jugador especial y único... Me quedo con todo su partido”, dijo Luis Enrique cuyo discurso sorprende, en cierta forma, por no medir los elogios que regala a su estrella mientras huye de singularizar en otros, poniendo en primer plano cuando se le pregunta por cualquier otro al “grupo”.

Llama la atención, pero se entiende cuando en 450 minutos de fútbol, en cuatro jornadas de Liga y una de Champions, el Barsa no solamente sigue con la portería virgen, enseñando el futuro que personalizan Munir o Sandro, nuevamente goleador, y adaptando a quienes llegan, sino que catapulta a su estrella a la máxima expresión.

Brillante a la vez que decisivo en ataque, peleón e integrado en el trabajo colectivo, a Messi no le hace falta lucir el brazalete de capitán, porque es el capitán absoluto de un Barcelona que ya está solo al frente de la Liga y que no tiene rival en cuanto a las estadísticas.

A cada día que pasa se entiende más y mejor la necesidad que tenía el club en dar un golpe de timón tras lo sucedido la pasada temporada. Porque, por encima de los resultados, las sensaciones que muestra en este presente no tienen nada que ver con las del pasado inmediato. Y en todo ello alumbra sin una sombra Leo Messi, el genio del Camp Nou.