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Yo estaba allá en el Forum de Inglewood, catapultado hasta el techo, con mis puños crispados y el corazón latiendo como una locomotora que se viene acercando vertiginosamente, pero hubiera preferido estar aquí, en el terruño, estremecido por la emoción incontrolable junto con cuatro millones de esperanzas, que hicieron explosión al mismo tiempo.

Recuerdo que vía telefónica, conectándome con la redacción, lo primero que pregunté fue: ¿cómo reaccionaron allá? “Fue algo enloquecedor. El país entero vibraba, gritaba, reía y lloraba”, me respondieron. Un nica Campeón del Mundo en una pelea complicadísima. Eso le dio más sabor al triunfo. Alexis Argüello salió del callejón de las dificultades en el round 13, mostró su brillantez como noqueador, supo crecer frente a la presa herida, fue a fondo sacando de las alforjas todo su poder y destrozó a Olivares en menos de un minuto.

Aquella tarde del 23 de noviembre de 1974, la pelea echaba humo en ese décimo tercer asalto. ¡Qué magistral había estado Olivares ofreciendo momentos de verdadera arquitectura boxística! Esa ofensiva que desplegó Rubén en el décimo nos obligó a meternos debajo de las butacas y pensar que casi todo estaba escrito.

En el round trece, todo cambió cuando los puños de Alexis se movieron destructivamente con precisión, impulsados por el ardiente deseo de un pueblo, que frente a la nueva oportunidad había logrado borrar la frustración sufrida frente a Ernesto Marcel el 16 de febrero de ese mismo año en Panamá.

La confianza de Olivares era exuberante cuando se inició ese round. El azteca daba la impresión de moverse sobre mágicos patines; se arrimaba como el torero al toro, para acertar sus estocadas; sus ojos bien abiertos tratando de fijar el blanco. De pronto, un descuido, tan solo un descuido, y Rubén bajó su derecha. ¡Diablos, que olfato el de Argüello!
Su izquierda corta pero con rotunda potencia y exactitud matemática, trazada hacia la barbilla, provocó el derrumbe. El árbitro Dick Young tardó una eternidad en el conteo de ocho segundos. Rubén se incorporó, decidiendo sorprendentemente ir de frente a las bayonetas. Argüello, con la oportunidad que grafica Picasso al alcance de sus puños, funcionó de inmediato y con una derecha desactivó todo el aparato óseo del mejicano.

La caída, revestida del más intenso dramatismo fue la definitiva. Ahora sí, todo estaba consumado.

Fue en ese momento que salté bruscamente. El fantasma de Panamá había quedado atrás; la ventaja de Olivares en las tarjetas de Dick Young y Larry Rozadilla, no en la de George Latka, fue evaporada. Finalmente, el toro atrapó a Manolete.

En la Sala de Prensa, antes de sentarme frente a la máquina de escribir, descubrí que había perdido mi reloj Citizen y necesitaba chequear la hora para el envío del material por fax. El Dr. Eduardo Román me obsequió su Bulova, obviamente nada que ver con los 40 dólares que costaba el mío.

Decidí comenzar con algo mejicano. ¿Qué mejor título que “Los mariachis callaron”? ¿Y qué mejor comienzo que el del corrido: “Que digan que estoy dormido, y que me traigan aquí, México lindo y querido, si muero lejos de ti”?
Detrás de mí, sin percatarme, ese gran cronista de El Heraldo, Fernando Gómez, me dice: “Ah, si vos utilizás una canción mejicana, yo voy a usar un poema de Rubén Darío, aquel que dice: ‘Es algo formidable que vio la vieja raza, robusto tronco de árbol al hombro de un campeón’”.

Y nos sentamos a trabajar en las máquinas de escribir. Antes de terminar, Norman Kaplan, de la empresa El Forum, se apareció con mi reloj. ¿Cómo fue posible que eso ocurriera en semejante alboroto? “Sencillo, froté la lámpara”, me dijo. Eso hizo que le devolviera al Dr. Román el Bulova. Fue mío por casi dos horas.

Más noche, fui con los colegas Ramón Márquez y Antonio Hernández a comer unos tacos en un sitio mejicano. Rubén Olivares, mostrando toda su dentadura, cantaba: “Pero sigo siendo el Rey”. Y ya no lo era.



“Fue imprudente”

Edgard Tijerino Mantilla
“Rubén perdió la proporción de la confianza y del peligro”, me dijo en el vestidor del púgil mejicano su adiestrador Manuel “Chilero” Carrillo, brazo derecho del Cuyo Hernández. Y agregó: “Fue imprudente retando el poder de Alexis sin estar plenamente recuperado. Una cosa es ser atrevido con el dominio muscular requerido, y otra muy diferente serlo sin saber dónde estás parado”. “El Cuyo” coincidió con Carrillo. “En momentos como ése hay que enfriar un combate, no acelerar la agresividad del otro. Pero cuando Rubén se enciende, no escucha a nadie. Eso le costó caro. Qué pena porque estaba ganando la pelea mostrando todos sus recursos”.

dplay@ibw.com.ni