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Sentado frente a mi computadora, mientras escribía todo lo referente a lo ocurrido la tarde y la noche del 23 de noviembre de 1974, en el ring del Fórum, pensaba: El tiempo pasa y las proezas quedan emocionándonos por siempre. Como las de Hércules, las de Ulises, las de Teseo, las de Aquiles y las de Alexis Argüello.

“Que digan que estoy dormido y que me traigan aquí, México lindo y querido, si muero lejos de ti”. Yo escuchaba el gemir de los mariachis, no su canto. ¡Qué momento aquel! El Campeón que tan majestuoso había lucido, en la lona, mientras el retador, renaciendo colosalmente, se catapultaba a las estrellas. Lo veía y no lo creía. Mi corazón zumbaba como un bólido intentando salir por mi garganta y explotar. Ahora sí, Alexis campeón mundial.

En el round 13, con Rubén Olivares en plenitud, inspirado, danzando sobre mágicos patines, cabalgando sorprendentemente hacia una grandiosa victoria, se produjo el estallido de un volcán. Primero fue una izquierda y Olivares cayó ante el asombro de la multitud; después, en un atrevimiento extremo, equivalente a meterse en el laberinto para retar al Minotauro a puño limpio, una derecha de Alexis, mortífera, definitiva, selló la victoria por nocaut.

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Ahí estaba Rubén en el piso, retorciéndose dramáticamente, súbitamente sin futuro, sepultadas sus esperanzas. En ese momento en que el suspenso huía despavorido frente al advenimiento del nuevo Campeón del Mundo entre los plumas, Alexis Argüello, con Nicaragua entera abrazada al éxtasis, los mariachis callaron.

40 años después

Ese fue precisamente el título que envié desde la Sala de Prensa del Fórum: Los mariachis callaron. Aunque no fue esa la intención, ese título quedó grabado por siempre en la mente y en el corazón de los aficionados, motivo por el cual lo apliqué a este libro 40 años después. Sin la mínima duda, en la lista de grandes momentos que he vivido alrededor de las múltiples emociones que proporcionan los deportes que he estado cubriendo a lo largo de 44 años de ajetreo, ese es el que ocupa el primer lugar, por lo histórico, por lo inesperado, por lo espectacular.

Por fin, por fin, un nicaragüense se coronaba Campeón Mundial de boxeo. Ocurrió aquel 23 de noviembre de 1974 en el Fórum de Inglewood, California. El viejo sueño se había concretado.

¡Un nica Campeón Mundial de boxeo! ¿Se imaginan eso hace 40 años? Pese a que fuimos testigos oculares en el sitio, costaba creerlo. No, no puede ser. Los sueños, solo son eso, sueños, pensé mientras mi cabeza giraba aturdida alrededor de la testarudez del hecho. Me sentí flotando a la altura del techo del Fórum, zigzagueando entre imaginarias estrellas, mirando fijamente hacia abajo, al ring todavía humeante, buscando la repetición de las imágenes.

Primer campeón

Rubén Olivares, tumbado y destruido pagando cara su imprudencia de fajarse, en tanto Alexis Argüello, sorprendido a sí mismo de su poder devastador, con sus brazos bien estirados en busca del cielo, celebraba la proeza. La pesadilla sufrida en Panamá ante Marcel meses antes, había sido aniquilada.

Tenía que hacer mi mejor crónica, era lo que se esperaba, para lo que me habían enviado, pero momentáneamente me sentí bloqueado por el caudal de emociones. De mis ojos, estaban brotando lágrimas.

El griterío de los mexicanos en amplia mayoría, era ensordecedor y enloquecedor después de esos doce rounds magistrales dibujados por Olivares con el pincel de Diego Rivera. De pronto, se produce el impacto preciso, como un arponazo y detrás del sonido y la furia, el silencio estrujante.

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Al caer Rubén por primera vez, los mariachis callaron y no volvieron a escucharse. Las piernas del mexicano, sin fuerzas, exigían la necesidad de una urgente recarga de energía. Ese desfile de sombras tenebrosas en su mente y la proximidad del caos, fueron los factores que lo empujaron al suicidio. Así que, cuando vimos su temeridad al levantarse, la segunda caída estaba escrita. Y ocurrió de inmediato.

El estallido de júbilo en Nicaragua, fue indescriptible. El país rugió.

En la introducción del libro El ídolo no muere, Sergio Ramírez, nuestro brillante y galardonado escritor, apuntó en un prólogo titulado “El héroe y su rapsoda”, estas líneas que agradezco profundamente y conservo como un tesoro.

Desde que leo las crónicas deportivas de Edgar Tijerino, siempre me ha llamado la atención la manera en que trata en su prosa, que podríamos llamar olímpica, las hazañas y las derrotas de los atletas. Esas crónicas son verdaderas piezas maestras de una prosa que ha alcanzado a tener una marca, lo que en literatura se llama un estilo, un estilo a la vez heroico y dramático, como si en cada juego de béisbol que describe, o en cada partido de fútbol, la vocinglería de los dioses se escuchara desde las regiones celestiales, divididos en bandos como en las viejas crónicas de Homero, y enzarzados ellos mismos en peleas ecuménicas, sin ponerse nunca de acuerdo a quien otorgar la corona de laureles que el vencedor debe arrebatar al fin, por sí mismo, de las manos del destino.

Es que Edgar sabe cantar tan bien los triunfos como las derrotas, como el verdadero rapsoda que es, y cuando se trata de victorias sus crónicas alcanzan la altura de las odas, como las de Píndaro, y en caso de los fracasos, de los que por desdicha está poblada cada vez más nuestra historia deportiva, son verdaderas elegías, como en los dramas de Esquilo, donde la acción discurre entre oscuros sobresaltos y el coro canta las desgracias nacionales.

Esa es la prosa suya que siempre he admirado, alumbrada a cada tramo por relámpagos de originalidad, una prosa trabajada a lo largo de décadas de ejercicio del periodismo deportivo. Ha inventado su propio estilo, que ha creado escuela, y que se presta a las imitaciones, como todo buen estilo. No hay duda que ha llegado a ponerle su sello a toda una época en la que han desfilado frente a sus ojos todos aquellos que alcanzan en nuestro salón nacional de la fama, entre ellos, claro está, el que ha sido el más grande de los boxeadores de la historia nicaragüense, Alexis Argüello, y que merecía historia aparte.

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Con motivo de celebrarse los 40 años de esa conquista, repitiendo necesariamente capítulos de importancia mayúscula como sus peleas titulares y sus caídas entre otros, entrego Los mariachis callaron, el título que, inspirado por José Alfredo Jiménez, envié tecleando la máquina de escribir con solo un dedo, el índice de la mano derecha, como todavía lo hago, abriéndome paso entre emociones incontrolables.