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Leo Messi es historia. Una vez más. Otra muesca que añadir a su revólver. El argentino apunta y dispara. Hasta en 253 ocasiones ha señalado y perforado las porterías rivales. Solo Zarra hizo algo casi igual. Otro nombre que Leo deja atrás. Con la izquierda, con la derecha, de cabeza, a balón parado... los recursos son infinitos y los resultados, estratosféricos.

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Nueve temporadas se reparten esa cantidad ingente de tantos. De menos a más, partiendo desde la banda para acabar en el centro, justo en el punto de mira, donde la ‘pulga’ se siente cómoda e importante. Lugar en el que se agiganta hasta empequeñecer a sus rivales a límites insospechados.

Nueve años que tocaron su techo en la temporada 2011-2012. Entonces, Messi cerró el campeonato de liga con 50 goles. Atrás quedan las cifras más discretas de sus primeras temporadas. En las seis últimas, Leo siempre ha pasado de las 20 dianas.

De todas las formas

Son tantos los goles que acumula que resulta casi imposible encontrar alguna zona del frente de ataque o alguna parte de su cuerpo que no haya sido testigo o protagonista de su finalización. Su zurda, cual martillo pilón, ha soltado 217 disparos letales. Su pierna mala --podríamos decir menos buena-- ha sumado 25 tantos. Ni siquiera su menos de metro setenta ha evitado que también anote de cabeza. En concreto, Messi ha soltado nueve certeros cabezazos en el torneo doméstico.

De esos 253 goles, la mayoría se han desarrollado en el escenario que a él le resulta más familiar: en jugada, con el balón corriendo a ras de césped casi tan rápido como se mueven sus piernas. Únicamente 32 goles los ha logrado desde el punto de penalti y 10 de libre directo. El resto en acciones eléctricas, tirando paredes, lanzando misiles desde la frontal o sutiles vaselinas en el mano a mano con el portero.

Messi marca a todas horas y los marca de todos los colores. Solo así se entiende que ya sea el máximo goleador histórico de nuestra liga. Una condición que nadie dudó cuando Leo apareció en nuestras vidas en un terreno de juego. Una bendición para el futbol y, sus goles, un regalo para los aficionados.