Edgard Tijerino
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Hay un hecho: Román “Chocolatito” González es el mejor peleador del planeta en las categorías pequeñas. Nunca ha perdido y difícilmente se le puede ganar un asalto. Solo una vez cortado, algo no recordable, y sin huellas de ejercer el boxeo como oficio. Ha conseguido 41 victorias consecutivas, 35 de ellas por nocáut.

Hay una fantasía: “Chocolatito” podría, aun sin conquistar una cuarta corona en las 115 libras, llegar a ser considerado el mejor peleador de las categorías pequeñas en el repaso de los últimos tiempos, y esto incluye al formidable Ricardo “Finito” López, otro invicto. No digo de todos los tiempos porque Jimmy Wilde realizó 145 peleas con 141 triunfos y un empate.

Y hay una idiotez: este es el peleador bombardeado por críticas, señalado como culpable de recibir golpes, de cansarse atacando, de no acertar al ciento por ciento todos sus disparos, de necesitar un adiestrador de calidad, de carecer de una esquina apropiada, de no ser confiable.

¿Se imaginan eso? Son cuestionamientos que vienen de atrevidos que dan la impresión de saber poco o casi nada de boxeo. Ayer, tanto en Doble Play como en la presentación de la revista elaborada por René y Agustín, dije que Alexis Arguello fue afortunado de no coexistir con estos críticos. Vivió como púgil en otra época, de mayor sensatez y de más conocimientos.

No exigimos perfección

Alexis en ruta hacia la grandiosidad, atravesó por múltiples dificultades que en estos tiempos, que considero aciagos para las valoraciones boxísticas, hubieran provocado tenebrosos desbordes. Las peleas en pequeño con Julio “Ratón” Hernández, aquella tan complicada con Magallo Lozada, la brevísima con José Legrá calificada como nocáut sin golpe, la caída frente a Lomelí, la derrota con Marcel, los doce rounds previos al desenlace con Rubén, las bravísimas con Escalera, la batalla con Boza Edwards, la derrota con Vilomar, las caídas frente a José Torres y José Luis Ramírez, el desempeño ante Jim Watt.

Nunca le exigimos a Alexis ser un boxeador perfecto. Nunca lamentamos verlo cortado y tumbado. Siempre nos emocionamos y reconocimos su grandeza edificando victorias que lo inmortalizaron.

Pero se aplica cierta crueldad malintencionada con tantas idioteces alrededor de las actuaciones casi siempre convincentes de Román, como si en algunos existiera un deseo de verlo caer, sangrar y perder. Cuestionadores que no aprecian la joya boxística que tenemos a mano.

¿Qué dirían de Leonard, de Hearns, de Hagler, de Pambelé, y de todos los que reciben golpes porque no juegan ping pong o ajedrez, que sangran, que pierden, pero cuya grandiosidad no está sometida a discusión?

Menos mal que las idioteces solo las disfrutan los idiotas.