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“Los claros clarines de pronto levantan sus sones. Señala el abuelo los héroes al niño”, dice Rubén nuestro gran poeta, en su ‘Marcha Triunfal’. Algo de eso debe ocurrir imaginariamente con las nuevas generaciones de aficionados cuando escuchan las historias del Campeonato Mundial efectuado aquí en 1972, calificado por dirigentes de vasta experiencia como Yamamoto, Oswaldo Gil, Miguel Oropeza y tantos otros, como el mejor de la historia.

Y pensar, que meses antes ni siquiera teníamos los estadios con las exigencias necesarias. No sé cómo fijó Carlos el orden de prioridades para luchar contra el reloj. Lo esencial era conseguir el abierto apoyo del gobierno y de la iniciativa privada, y volcarse sobre la construcción de estadios en Masaya y León, completar los de Granada y Chinandega, y restaurar el Nacional aquí en Managua, convirtiéndolo solo por unos días --por culpa del terremoto-- en el mejor del Caribe.

¿Cuántas horas durmió Carlos jefeando el operativo? Nadie lo sabe, pero su ritmo frenético de trabajo casi lo convirtió en un robot. ¿Cuánto costó el súper-evento? Tampoco se sabe. ¿En qué estadios estaríamos jugando de no ser por aquel mundial? Lo siento, no tengo respuesta.

¿POR QUÉ EL MITO?

Ahora que esos torneos que fueron anuales por largo tiempo, desaparecieron, la chavalada debe preguntarse con justificada incredulidad: ¿Por qué el mejor? No es eso una exageración. No, de ninguna manera. Aquí están las explicaciones:

Porque fue un Mundial con 16 equipos, algo nunca visto; porque se juntaron representantes de América, Asia y Europa, con un delegado de Suráfrica en el Congreso de la FIBA; porque fue el Mundial de las marcas asombrosas; porque el público, motivado por una impresionante Selección Nacional adiestrada por ese grupo de técnicos, manejado por Tony Castaño, y dirigida por Argelio Córdoba, se desbordó provocando llenos espectaculares; porque en una época en que no se conocía el internet y las computadoras solo eran vistas en películas de ficción, se realizó un trabajo estadístico fuera de serie, con mucho de la manualidad de Noel Urcuyo, Manuel García, Chico Pinell, Artidoro Arana y tantos otros, permitiendo la entrega diaria de un boletín que muchos conservan como un tesoro; porque estuvo Miss Universo como nota fashion y vino el astro boricua Roberto Clemente funcionando como mánager de Puerto Rico; porque el beisbol asiático mostró su futuro en estas competiciones; porque Cuba y Estados Unidos protagonizaron el Juego del Siglo que decidió aquel trancazo de Agustín Marquetti; porque se produjeron tres juegos sin hit ni carrera en la misma noche a la misma hora; porque el sobresaliente en “atención a los clientes”, no pudo ser superado ni por países de obvio poderío económico; porque Nicaragua con un Julio Juárez monumental, derrotó a Cuba por 2-0; porque en la larga cabalgata de partidos y más partidos, viajamos constantemente de la emoción al suspenso y de la alegría al drama, hasta desembocar en la fiesta del alarido.

EL PARTIDO DEL MUNDIAL. Sin duda Cuba vs. Estados Unidos. No se puede jugar mejor a la pelota. Un partido que tuvo todo lo que se necesita para catalogarlo de fabuloso. Atrapadas de leyenda, pitcheo soberbio, pelea brava, máximo grado de emotividad y un batazo bestial de Marquetti, con repetición, dejando tendidos en el terreno a los retadores estadounidenses.

EL MÁS DRAMÁTICO… Nicaragua - Puerto Rico. Brillante triunfo nica en diez entradas con triple del jovencito Julio Cuaresma contra Bruno Vachier, que rompió un abrazo a una carrera. Un final de suspenso que ni Hitchcock llegó a imaginarse jamás. En el cierre, Puerto Rico llegó a llenar las bases con dos outs y el emergente Carlos Ramos arribó a la cuenta máxima de 3 y 2 antes de fallar contra Ángel Dávila.

LO MÁS TRASCENDENTAL. La victoria nica sobre el coloso cubano por 2-0. El coloso de concreto se hinchó junto con nuestros corazones. ¡Qué pitcheo el de Juárez y qué estacazo el de Vicente! El doble play final realizado por Jarquín provocó un rugido que estremeció al país con un marcaje de 9 grados en la escala Richter. El tiempo pasa y todos los que estuvimos ahí, sentimos que seguimos de pie.

EL JUGADOR. Julio Juárez. Fuera de serie. Logró tres triunfos sin perder, blanqueando a Cuba. Abrió el campeonato venciendo a Brasil; fue reemplazado frente a Japón después de rendir un gran trabajo; derrotó a Panamá, en lo que fue el triunfo más importante de nuestra Selección, porque se logró en un momento vital; cerró su actuación gigantesca ahogando al bateo cubano. No se le podía pedir más.

EL BATAZO. El giro salvaje, el impacto brutal y el viaje vertiginoso hasta las últimas gradas del jardín derecho, de la pelota bateada por el zurdo cubano Agustín Marquetti, derrotando a Estados Unidos. Fue una repetición después de un foul por pulgadas a la misma zona. No lo olvidaremos jamás. En ese instante, Cuba ganó el campeonato.

UN IMPACTO. El beisbol japonés con su pitcheo de otra galaxia. Sus lanzadores parecieron a ratos seres de otro mundo, a quienes era imposible fabricarles carreras limpias. Llegaron a 109 entradas consecutivas sin manchar su récord hasta que Dominicana les quebró la racha increíble en el parque granadino.

LA GRAN JUGADA. En un Mundial abundante en jugadas con calidad de liga grande, lleno de lances fantásticos, el hecho de escoger la mejor de todas, habla en forma autoritaria y categórica de su grandeza… Sin duda, la jugada que realizó Bob Polock, el camarero norteamericano, en el juego contra Cuba en complicidad con el torpedero McMillan no admite paralelos… Con Marquetti en primera, Owen Blandino le pegó a la pelota con poder por la zona de Polock. Este, en reacción felina, digna de realizarse cobijada por la carpa de un circo, se lanzó por la bola ahogándola contra el piso… Su recuperación inmediata fue maravillosa, pero su tiro volteado, sin ver la almohadilla de segunda, rebasó lo increíble. McMillan llegó a tiempo y tomó la pelota sobre el costal, registrando el mejor out y casi completa un doble play. Ese fue el jugadón de la serie.

Todo eso explica por qué se le consideró el mejor Mundial de la historia.