Edgard Tijerino
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Aquel 17 de diciembre de 1976, hace 38 años, en el estadio de Cartagena, Colombia, Nicaragua derrotó a Cuba, 5-0, con un inmenso pitcheo bajo presión del “Guajiro” Porfirio Altamirano y trancazo de Ernesto López. Ocurrió un día como hoy en el primer Mundial de la ALBA, una vez que el beisbol aficionado internacional volvió a unificarse.

En esos tiempos, ganarle un juego a Cuba era una proeza como cortar las cabezas de la Hidra de Lerna. Nicaragua, sorprendente y espectacularmente, logró derrotar a Cuba tres veces seguidas en eventos internacionales: 5-4 en el torneo de La Amistad realizado en Dominicana 1972, después 2-0 con Julio Juárez en la colina en el Mundial nica de ese mismo año, y más adelante, 5-0, en el Mundial de Cartagena 1976. ¿Se imaginan eso? Inolvidable e irrepetible.

¡Qué faena la de Porfirio! Trazó a pincelazos una hermosa blanqueada de 11 hits y 6 ponches, superando al estelar Braudilio Vinent que tenía seis años de no perder. El país, con su orgullo deportivo hinchado, se estremeció.

En el cierre del cuarto inning, cuando Nicaragua apenas comenzaba a saborear la ventaja alcanzada con una formidable arremetida de cuatro carreras, Cuba colocó hombres en segunda y tercera sin out, pero Altamirano metió el brazo a fondo para dominar a Lafita y Lázaro, obligando al emergente Isasi a entregarse en batazo hacia Muñoz congelando la amenaza.

Siete hits le bastaron a los nicas para estructurar la gran victoria por cifras categóricas de 5-0. Cuba en cambio disparó 11 cohetazos, pero ahogados todos en la inutilidad impuesta por el general Altamirano en ruta hacia la significativa blanqueada.

Raramente, los cubanos se vieron desarticulados, presos de un nerviosismo que negó por momentos su clase y experiencia. Los nicas, en cambio, sacaron el máximo provecho disparando tres hits, uno de ellos dentro del cuadro, fabricando cuatro carreras. Con esa ventaja, Porfirio realizó un sereno toreo.

En el inicio del caos, el antesalista cubano Rodríguez nunca pudo sacar la pelota del guante y Ernesto López se adjudicó un sencillo. Sobre el machucón de Vicente, el pitcher Vinent, desesperado, metió la bola al rincón del jardín izquierdo tratando de forzar en tercera. Para remate, Marquetti dejó caer una pelota del mascotín cuando el out había sido decretado en primera. El 4-0 tenía el peso de una tonelada.

Cuando en el octavo inning sobre un lanzamiento de alta velocidad de Oscar Romero, Ernesto López coloca una bola en órbita, el equipo cubano aparece en pantalla completamente liquidado. Obviamente, el mánager Servio Borges sangraba por la herida.

Tres victorias seguidas sobre Cuba, dos de ellas por blanqueos, no parecía ser cierto. Pero el ruido no era falso. El coloso, derribado por la leña nica, había caído de rodillas.