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Para nosotros los nicaragüenses, atravesando generaciones, recordar a Roberto Clemente siguiendo las huellas de su humanismo, utilizándolo como ejemplo, comprometidos con un agradecimiento sin límites, será por siempre inspirador, le decía al dirigente deportivo boricua de muchos extrainnings, Oswaldo Gil, hace unas semanas en las tribunas del Estadio de Beisbol de Veracruz. Su respuesta fue: “¡Qué bueno eso por Roberto, su significado y su legado! Se lo merece”.

A pocos días de cumplirse 42 años de su desaparición, vuelvo a desembocar en una reflexión con “toque” dariano que ya he utilizado cuando me refiero a la actitud extremamente solidaria de Clemente, de dejarlo todo, incluso las súplicas de amigos y de su familia en un marco de comodidades, para garantizar una ayuda a este terremoteado país previo al amanecer del año nuevo, muriendo en tal esfuerzo: este es el varón que tuvo corazón de lis, alma de querube y sentimientos celestiales. El bravo, talentoso, generoso y dulce boricua que murió al tomar todos los riesgos imaginables por amar al prójimo tanto o más que a sí mismo, aquel fatídico anochecer del 31 de diciembre de 1972.

EN ‘LA HOJARASCA’

Esa actitud de desprendimiento sin medida me hace regresar a las páginas de ‘La hojarasca’, ese libro donde García Márquez nos dice: Creí que un muerto era una persona quieta y dormida, pero veo que es todo lo contrario. Clemente permanecerá por siempre vivo entre nosotros. Inquieto, despierto, mostrándonos su ejemplo. ¡Qué gesto más sublime! ¿Quién de nosotros haría algo parecido? Yo no lo haría y no conozco a nadie entre tantos que he visto pasar frente a mi ventana a lo largo de mis casi 71 años.

Esa noche, el astro boricua obvió las comodidades, las advertencias, los ruegos de tantos, para abordar un avión defectuoso y venir a entregar personalmente una ayuda a la Nicaragua que recién había conocido verdaderamente como mánager de Puerto Rico durante el Mundial de beisbol realizado en ese 1972. “No vayas Roberto”, y el aparato crujiente, cayó en el mar Caribe. “Si vas a morir, morirás”, le había respondido a su amigo y compañero José Pagán, ese gran paracorto. Su cuerpo nunca apareció, pero su alma entró a cada uno de nuestros hogares, abrazándonos en la desgracia. ¡Cómo olvidar eso! ¡No podemos permitir que ocurra algún día!

EL IMPACTO CONTINÚA

Durante esa conversación en Veracruz, coincidí con Oswaldo Gil en que morir de esa forma, con ese fondo de humanismo, quedando como un ejemplo imperecedero, agigantó a Clemente, o quizás, lo dimensionó correctamente frente a las futuras generaciones, quienes han estado escuchando y leyendo sobre él. Falleciendo de otra manera, por natural envejecimiento, aún abrazado a la segura placa del Salón de la Fama y cobijado por luminosas cifras, Roberto Clemente no sería tan respetado, tan admirado y tan impactante. No se hubiera podido tejer un mito a su alrededor. No hubiera sido incorporado casi automáticamente al Salón de la Fama de Cooperstown, saltando sobre las reglas, único caso.

Con una estatura de 5.11 pies y 175 libras, Clemente siempre estuvo lo necesariamente agitado y efectivo para ganar cuatro títulos de bateo de la Liga Nacional, registrar un average de .317 en su carrera con 240 jonrones, agregando 1,305 impulsadas y 1,416 anotadas, con 13 temporadas sobre los 300 puntos. Fue triunfador en las Series Mundiales de 1960 y 1971 bateando de hit en los 14 juegos, y en 1966, ganó el premio de Jugador Más Valioso de la Liga Nacional superando a Sandy Koufax. Su brazo mortífero fue capaz de sacar a 269 corredores en las bases.

ARROGANTE SENCILLEZ

“No estoy diciendo que soy el mejor. Solo digo que no tomo el segundo lugar de nadie en nada”, expresó con arrogante sencillez, cuando bateó .414 con 12 hits, incluyendo dos jonrones, dos dobles y un triple, en la Serie Mundial de 1971 que los Piratas le ganaron a los Orioles en siete juegos. “No soy Mays, ni Mantle, soy solo Roberto Clemente, pero pienso que nadie juega mejor que yo este deporte”. Ese orgullo movía montañas.

Lo de Clemente y Nicaragua fue “amor a segunda vista”. Roberto había estado entre nosotros en 1964 como parte del impresionante line-up de los Senadores de San Juan en aquella Serie Interamericana que ganó brillantemente el Cinco Estrellas. Fue cuando desde las tribunas del jardín derecho le lanzaron un garrobo que lo asustó al extremo. “Él creía que se trataba de un animal prehistórico y no pudo evitar sentir un escalofrío”, relató doña Vera, su esposa, años después.

MÁNAGER INESPERADO

En 1972, ocho años después, cuando Clemente acababa de aterrizar en la pista de los 3 mil hits con un doblete contra John Matlack, y su proyección hacia el Salón de la Fama se consideraba un hecho, sorprendentemente el dirigente de béisbol amateur de Puerto Rico, Oswaldo Gil, le ofreció dirigir al seleccionado de la isla en el Mundial Nica. Y él, siempre tan cuidadoso de tomar responsabilidades, aceptó sin titubear, sorprendiendo a Oswaldo.

Durante ese torneo, siendo yo un joven periodista en etapa de aprendizaje, conocí a Roberto mientras él conocía a nuestro pueblo con más tiempo y globalmente al salir de Managua hacia otras ciudades, en lugar de estar enclaustrado en un hotel como en 1964. Se sintió atrapado por nuestra hospitalidad, por esa pasión por el béisbol y por las bellezas de nuestro país. Le impresionó el respeto, la admiración y la idolatría que se le tenía. En el Hotel Intercontinental, Clemente se convirtió en el epicentro de la atención del público y del periodismo. Era emotivo y rebelde por naturaleza, defensor a muerte de los peloteros latinoamericanos y un atacante implacable del racismo.

El silencio provocado por su muerte, espeso, impermeable y tan inmenso, nos ha mantenido conmovidos en forma permanente durante 42 años. Muriendo así, se convirtió en un factor de inspiración inagotable.

 

Al morir de esa forma, ofrendando incluso la vida por ayudar al prójimo, Roberto Clemente pasó de ser medido a convertirse en medida.

En su muerte, víctima de un golpe traidor o de una burla cruel del destino, Clemente nos enseñó mucho acerca de la vida.

“En Nicaragua, Roberto tiene más significado que en Puerto Rico”, Mario Alegre, periodista de El Nuevo Día.