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Como diría el poeta, fue un amanecer gris y triste ese del 1 de enero de 1973. Frente a la tragedia que mantenía los huesos sudando y los corazones sangrando, el mar vestía de pesadumbre y el cielo tendía un manto de duelo. De las profundidades se levantaba una queja amarga y sonora. La gorra que se veía flotar imaginariamente sobre un mar embravecido en cada instante, tenía la “N” de Nicaragua, no la “P” de los Piratas de Pittsburgh. Roberto Clemente había muerto, muy joven a los 38 años como alguna vez atravesando por una premonición, se lo dijo a su esposa Vera y también a Oswaldo Gil, con el agregado de un accidente aéreo según lo relató Juan Pizarro a David Maraniss.

“Una vez, estando dormido durante un vuelo del equipo, Roberto se despertó bruscamente evidentemente asustado, diciendo haber soñado que el avión se había estrellado”, apunta José Pagán en la página 377 del libro “Clemente” escrito por Maraniss, versión en español, publicado en el 2006.

LA AYUDA “ESFUMÁNDOSE”

El viejo y sospechoso aparato no detuvo a Clemente en su temeridad impulsada por la necesidad de garantizar la llegada de esa ayuda a una ciudad terremoteada como era esa Managua de las columnas de humo de diferentes tamaños con el sonido escalofriante de variados quejidos, interminables, taladrantes. “Me parece que nada de lo enviado llegó a las manos de la gente necesitada”, le dijo el piloto del primer vuelo al gran pelotero me informa Oswaldo. Fue entonces que Clemente decidió ir en el siguiente traslado. Nada lo impediría, ni el crujir del avión al encenderse, ni la sobrecarga que le dificultaría el despegue, ni cualquier tipo de riesgo.

Hay algo que ha estado molestando a Oswaldo Gil desde que ocurrió la tragedia. Es la especulación sobre lo que se hubiera podido evitar si él no convence a Clemente de ser el mánager de Puerto Rico y hacerlo viajar a Nicaragua, recortándole su descanso postemporada después de disparar el hit 3,000 unas semanas antes. Una y otra vez, Oswaldo ha respondido: “No me siento culpable. Ninguno de nosotros conoce los inescrutables designios del destino. Todo lo que hice tuvo una intención transparente y un objetivo claro. Roberto funcionaría como un mánager estimulante y eso haría crecer al equipo. Me apoyé en la larga amistad con él para que aceptara”.

“Nunca, Vera la esposa del astro o cualquier miembro de la familia han incursionado en esa consideración, lo que agradezco”, me decía Oswaldo ayer vía telefónica desde San Juan. Clemente le había propuesto acompañarlo en lo que resultó un fatídico vuelo, pero a última hora, la intervención de la familia de Oswaldo fue decisiva para desistir. Diógenes diría, escrito estaba.

ESE AMOR AL PRÓJIMO

“No lo escuché hablar de amor al prójimo, pero lo vi actuar a favor del prójimo. Mientras estuvimos en Nicaragua, lo primero que hacía en el Hotel Intercontinental era cambiar dólares para darle a los necesitados que estrujaban su corazón. Eso lo hizo cada día y cuando conoció al niño Julio Parrales sin piernas, se puso al frente para conseguirle una prótesis. Yo estuve manejando una colecta. Roberto decía que el niño sería el cargabates de Puerto Rico en el siguiente Mundial cuya sede había vuelto a ganar Nicaragua. Eso indica que pensaba regresar con el equipo, lo que llamó mi atención”, agregó Oswaldo.

“¿Yo culpable? Nadie tiene que echarse la culpa. Roberto no fue al cielo buscando a Dios sino respondiendo a su llamado. No he tenido cargo de conciencia. El pelotero se llenó de fama, el hombre, filántropo, humanista, se cubrió de gloria. Al morir en una tarea tan sublime, el mundo logró conocerlo de cuerpo y alma, inmortalizándolo”.

“Roberto era muy sensible a las necesidades de los otros, lo golpeaba ver la estrechez de condiciones, las desigualdades abismales. Al ser impresionado por una amplia simpatía que se le mostró durante su larga estadía y entrar en contacto constante con la gente, le hizo sentirse comprometido. Ese sentimiento, es para seres especiales, capaces de entregarse y sacrificarse. Al hacer todo eso, impresionó hasta a los que se jactaban de conocerlo muy bien. Él fue más allá de todas las consideraciones”.

ME SENTÍ HUECO

Recuerdo aquel amanecer. El viento húmedo olía a Apocalipsis, y frente al hecho trágico, me sentí hueco como si estuviera hecho de vidrio delgado, apenas más sólido que un fantasma... Pueden creerlo.

Después de 42 años, el recuerdo de lo escalofriante sigue erizándonos la piel y turbando nuestros sentidos: “Desde San Juan Puerto Rico, se informa que el avión que se dirigía a Nicaragua llevando ayuda, con Roberto Clemente y otras cuatro personas, se precipitó al mar. No hay sobrevivientes”.

¡Oh Dios! ¿Cómo diablos puede ser justo que alguien con profundo sentido de solidaridad, capaz de sacrificar posiciones cómodas de fin de año para asegurar ayuda a un país en ruinas, puede ser capturado súbitamente por la muerte?

El probable mejor pelotero latino de todas las épocas fue víctima de una cruel y drástica burla del destino. Su existencia fue siempre fructífera aún en el momento de su muerte... Ser útil es todo cuanto le pidió a la vida, y no hay duda de que en el momento de lo definitivo, tenía el conteo a su favor.

“Me parece que nada de lo enviado llegó a las manos de la gente necesitada”, le dijo el piloto del primer vuelo a Roberto Clemente.

“No lo escuché hablar de amor al prójimo, pero lo vi actuar a favor del prójimo. Mientras estuvimos en Nicaragua, lo primero que hacía en el Hotel Intercontinental era cambiar dólares para darle a los necesitados”. Oswaldo Gil.