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Cristiano Ronaldo se apoderó del escenario en Zúrich. El goleador portugués dominó la calle, la alfombra roja, el discurso. Su figura imponente, embutida en un smoking azul, desquició a la multitud que atestaba Gotthardstrasse. La gente le bañó con una lluvia de camisetas. Se las arrojaban a la cara para que las firmara, o para que se las llevara en prenda, como si fueran las bragas ofrecidas a Jesulín de Ubrique. Su tercer Balón de Oro se cantaba en los mentideros de la FIFA desde hace semanas y él no se dejó sorprender cuando la presentadora se lo anunció al final de la última gala del organismo que gobierna el fútbol mundial.

El hombre se dobló sobre sí mismo, clavó su mirada en el suelo como dándose una pausa, y subió al estrado del Palacio de Congresos para que le dieran la bola bañada en oro haciendo un esfuerzo por no echarse a llorar, como la última vez. Lo traspasaba la emoción.

Emocionado

“Se lo dedico a mi hijo, a mi familia, a mi madre...”, dijo, mordiéndose los labios. “Me gustaría agradecer a todos los que votaron por mí, a mi entrenador, a mis compañeros, al presidente de mi club. Ha sido un año inolvidable. Ganar un trofeo así es algo único. Me gustaría decir que quiero seguir trabajando así para conseguir más premios para mi madre, para mi padre que me está mirando ahí arriba, y para ser mejor cada año que pasa. Nunca pensé que podría ganar este trofeo en tres ocasiones. Quiero convertirme en uno de los mejores jugadores de todos los tiempos, quiero alcanzar a Messi… ¡Siiiiiiuuuuuu…!”.

Soltó un grito como un aullido. Por fin se liberaba del peso, de la presión anímica y física. Entre sus manos tenía el objeto que más le obsesiona en el mundo. Más que los coches deportivos. Más que los relojes, incluso. El resultado de forzar su cuerpo más allá del límite recomendado por los médicos. La consecuencia de desarrollar una inflamación en el tendón rotuliano derecho. Una tendinitis que los especialistas que le supervisan no dan por concluida, y que podría comprometer el resto de su carrera, cuando no acortarla abruptamente.

Imparable

No ha habido manera de frenar el deseo del futbolista por hacer méritos. No ha habido forma de persuadirlo de que subirse al escenario de Zúrich por tercera vez podría costarle demasiado caro. Jorge Mendes, su representante, alimenta el fuego. La meta es conquistar dos Balones de Oro más y así sumar cinco. Cinco para superar la marca que estableció Lionel Messi en 2013 y así poder gritarle al mundo que él, Cristiano, es el mejor de siempre porque así lo demuestra su colección.