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Unas 19 mil personas abarrotaron el Estadio Nacional Denis Martínez. Se veían camisetas alusivas al Bóer, sobre todo la característica rojiblanca, con sus nombres, otras con las de sus ídolos, en tanto otros simplemente se hacían acompañar de una barra de plástico que agitaron en todo momento, como si se tratara de lo único que importara en sus vidas, mientras algunos, quizá los fanáticos más conservadores, simplemente se identificaban con el grito del “Viva el Bóer, Jodido”.

“Vamos a barrer al Rivas”, se atrevían a decir algunos de los más fieles fanáticos de los Indios, desde que estaban en la fila rumbo a comprar su boleto.

Y es que desde muy temprano se veía que sería una buena entrada; sin embargo, quizá pocos pudieron calcular que se trataba de la entrada más impresionante de los últimos años. Desde el mediodía, centenares de aficionados abarrotaron las taquillas para adquirir su boleto, quizá un poco caro para un mes de enero cuando el efectivo se hace más escaso. A pesar de ello, los aficionados querían garantizar su butaca y ser parte de la historia, sin imaginárselo, porque fueron parte de uno de los partidos más largos, desde hace mucho, de la Liga Profesional.

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Solo cinco horas después, tras casi cinco horas de juego, un batazo de José Campusano puso el punto final al partido. Fue un cuadrangular que lo gritaron a todo pulmón los boeristas de todas las edades. Fue para el inning 13 cuando parecía que el duelo sería eterno, con tantas buenas jugadas de Britton y Campbell, y labores extraordinarias como la de Paul Estrada. Fue un duelo digno de la final.

Fue un estruendo

“Campusano, Campusano”, vitoreaban miles de aficionados mientras el jardinero central del Bóer daba la vuelta por las bases con su vuelacerca que dejó tendido a los Gigantes de Rivas 4x3. “Bóer, Bóer, Bóer”, gritaron después y el canto sonaba como un retumbo que podía despertar hasta los oídos de todos los capitalinos. Parecía que miles saltaban, gritaban, y que muchos ya habían perdido el color, el glamour y hasta quizá la conciencia, porque lo que habían consumido por casi cinco horas que duró el partido y otras dos de espera, ya era mucho. Ustedes entienden a lo que me refiero.

Fue casi como una jornada de trabajo de casi siete horas, pero con un final feliz para los boeristas. El ambiente estuvo a la altura de una final: bailarinas, música alusiva, aficionados de los dos bandos, y lo mejor, respeto entre las barras rivales.

De nuevo el color naranja de los aficionados del Rivas se hizo sentir; no obstante, este quedó opacado por la ruidosa y numerosa barra del Bóer, que tuvo más motivos que celebrar, ahora que su equipo está más arriba en la Serie Final, 2-0.