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Después de remontar un marcador adverso de dos sets a uno, un repentino vómito por deshidratación que le obligó a llamar al médico y a vomitar en la pista, Rafael Nadal se sobrepuso para meterse en la tercera ronda del Open de Australia tras derrotar a Tim Smyczek en cinco ajustadas mangas. El billete lo logró en la cuarta pelota de partido y lo celebró de rodillas.

Nadal empezó con la misma contundencia del día del debut. Ganó el primer set por un rápido 6-2 y Smyczek, 112 del ranking ATP, hacía su papel de víctima. Sin embargo, algo pasó en la continuación que cambió el desarrollo del partido y del torneo.

Nadal, después de recuperar la primera rotura en contra del evento por culpa de una doble falta a 135 kilómetros por hora, y situar luego el empate a tres juegos, se paró y nadie sabía por qué. Cualquier tiro de Smyczek, un jugador de 1.75 metros, era un ganador. Por contra, la mayoría de intentos por hacer algo del campeón de 14 grandes se estrellaban en la red o se marchaban más allá de la línea blanca.

Todos preocupados

El lenguaje corporal de Nadal era preocupante, pero más el de su banquillo donde estaba su fisioterapeuta Rafael Maymó y su médico Ángel Ruiz Cotorro. Roger Federer, en el partido anterior de la Rod Laver Arena, también se había dejado un set con Simone Bolelli pero nunca dio la sensación de que el suizo fuera a perder y de que el italiano fuera a ganar. Esta vez, el decorado era otro.

Smyczek se adelantó en el tercer parcial y el número 3 mundial empezó a servir primeros a 160 kilómetros por hora y a cometer dos dobles faltas seguidas. Lejos quedaba un servicio a 203 kilómetros por hora, su récord de velocidad en la presente edición del primer ‘Grand Slam’.

El estadounidense, natural de Milwaukee y que solo había ganado un partido en Australia como profesional, dominaba por dos juegos a uno, decantando a su favor los últimos cinco, cuando Nadal decidió pedir la presencia del médico del torneo. Salió también el fisioterapeuta y el supervisor. “Me siento mareado, como con calambres en el estómago y en todo el cuerpo”, advertía.

Una pastilla era el único antídoto en mitad de un partido de tenis. Si Rafa hubiese estado en los octavos con Richard Gasquet o Kevin Anderson, en los cuartos con Tomas Berdych o en las semifinales ante Roger Federer o Andy Murray, el contratiempo le hubiera costado la eliminación. No con Smyczek porque la diferencia de nivel entre ambos contendientes es abismal.

Tras volver a pasar por el vestuario y vomitar por segunda vez, Nadal reaccionó como solo los campeones saben hacer para cerrar un marcador de 6-2, 3-6, 6-7(2), 6-3 y 7-5. A sus 28 años no ha perdido la ambición para ganar siempre y no perder nunca, por mucho que le persigan las adversidades.