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El Estadio Nacional Denis Martínez, ayer se vistió de gala. Era lo menos que se podía esperar, unos 20 mil aficionados se congregaron en el coloso capitalino para celebrar la fiesta del Pentacampeón de la Liga de Beisbol Profesional Nacional, LBPN, los majestuosos Indios del Bóer, máximos ganadores de este certamen en 10 ocasiones en que se ha realizado.

Dos horas antes del inicio (4:00 pm) del partido, el viejo santuario del beisbol estaba teñido de rojo y blanco. Las filas para conseguir un boleto eran interminables, los revendedores usaban sus técnicas de mercadeo para llenar sus bolsillos con su frase típica para convencer a los fanáticos: “Ya son los últimos boletos”.

En el ambiente se percibía que sería una noche mágica y espectacular para todos, menos para los seguidores de los Gigantes de Rivas. A los vendedores poco les importó quién se coronó o qué conjunto iba ganando el partido, sus ojos brillaban de emoción por las ventas. En una sola tarde y noche muchos facturaron lo que logran en una semana o más.

¡Rugido Indio!

Las notas sagradas del Himno Nacional  sonaron en las bocinas del estadio. Inició el partido, y al primer strike de Paul Estrada se escuchó el primer eco indio articulado por las voces capitalinas, lleno de júbilo, emoción, euforia y algarabía. Caminar en los pasillos del estadio para ir en busca de un vigorón, gaseosa o cerveza era una osadía.

Los miles de capitalinos estremecieron los cimientos del coloso con sus gritos de ¡Viva el Bóer!, o el ¡Somos Bóer de corazón!  El indio con su flecha no lució tan animado como en otras ocasiones, esta vez no dirigió la orquesta de la barra brava que no paró de sonar sus tambores, mientras un grupo de 6 bailarines hacía su show en la madriguera de la Tribu.

En tan solo el primer inning, Jimmy González y Raúl Reyes con sus jonrones hicieron que el volcán de emociones explotara en su totalidad en la barra capitalina. El encuentro tuvo un solo dueño en todos los aspectos, los rivenses ni se miraron en el mar de capitalinos. Gigantón, el mango amarillo y mascota de los sureños, después del primer episodio dejó de bailar y desapareció en el resto del desafío.

La magia estuvo del lado del Bóer que vivió una de las noches más espectaculares en su historia, y además cobro venganza del verdugo que el año pasado les lastimó el orgullo coronándose en el coloso capitalino. Esta vez la historia fue distinta.  ¡Salud por el Pentacampeón!, y ¡Qué Viva el Bóer!