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Fue algo formidable que vio la vieja raza. ¿No es así Rubén? Un equipo que envuelto en serias dudas antes de levantarse el telón salió de las sombras para transformarse en salvaje y aguerrido, logrando vencer al coloso cubano en una trepidante batalla con ribetes épicos.

Levanten sus manos quienes estaban ahí, llenando a reventar el Estadio Nacional, un día como hoy hace 36 años, cuando Nicaragua derrotó a Cuba 2x0 en el marco de la XX Serie Mundial. No, no mientan tratando de engañarme y de engañarse, no es posible tantos millones. ¿Cómo iban a alcanzar? Seamos claros, “apenas” eran más de 30 mil.

No existe álgebra del espíritu capaz de calcular la emoción que vivimos ese día. Nunca antes tantos estuvieron tan próximos al infarto, pendientes del accionar de tan pocos, como esa tarde alargada, hasta convertirse en la más excitante, angustiosa y luminosa noche, proporcionada en casa por una Selección Nacional.

Sucre Frech, agitado, empinado, casi estrangulando el micrófono, con su corazón bombeando frenéticamente, trataba de ofrecerle a millones de oyentes, con esa voz privilegiada, considerada entre la de Pavarotti y la de Plácido, todos los detalles del gran momento frente al probable último grito del drama, para bien o para mal.

La multitud en suspenso
El peligroso zurdo Urbano González hacía girar sus manos alrededor del mango de ese bate cargado de una advertencia que podía ser letal, mostrando su mirada amenazante, buscando, como una pantera, saltar sobre el lanzamiento de Julio Juárez si era apropiado hacerlo, con corredores en segunda y tercera y sólo un out.

Ganaba Nicaragua 2x0 y en las tribunas más de 30 mil aficionados, en pie, con sus puños crispados, sus ojos agrandados, limando sus dientes, devorados por la ansiedad, cruzaban sus dedos hasta hacerlos crujir. ¡Señor, no nos vayás a fallar ahora! ¡Por favor, apiadate de nosotros! Ciertamente, dichoso el árbol que es apenas sensitivo, como decía Rubén.

El cuadro interior, por orientación de ese sangre-fría que siempre fue Juárez, pensando en pitchear adentro y con firmeza, se movió hacia la derecha. González, alineado como antesalista por el tercera base del All Star, Owen Blandino, para aprovechar su bateo zurdo, no era Ted Williams, pero había que cerrarle espacios. Si para desgracia nuestra iba al otro lado, hubiéramos pensado que el Señor nos había abandonado.

Ese “olor” a peligro
Urbano llevaba dos hits y el pitcheo de Julio no parecía tener suficientes secretos para su astucia. Así que era necesario trabajarlo con extremo cuidado. Una pequeña equivocación y todo podía derrumbarse. ¡Diablos, no hay algo peor que las ilusiones rotas!
El hit de Pedro Selva impulsando a Rafael Obando en el primer inning, sacándole provecho precisamente a un error en tiro de González que sacó de posición a Agustín Marquetti, había adelantado a Nicaragua 1x0, y el jonrón de Vicente López en el cuarto inning, aturdiendo al “as de espadas” José Antonio Huelga, estableció una diferencia de 2x0 que estimuló a Juárez, tanto como a Wellington la llegada a tiempo de refuerzos para vencer a Napoleón en Waterloo.

Ahora estábamos en el noveno inning, a dos outs de la victoria, pero con dos cubanos en posición anotadora. Después del error de César sobre un batazo de Marquetti, siguió Isasi con un doblete enmudecedor. Súbitamente todos nos sentimos entre las brasas, con las piernas derritiéndose y nuestros corazones arrugándose, como iniciando un viaje hacia el centro de la tierra dentro de un embudo.

Atrapados por un torbellino
¡Cuántas intrigas! Incluso Agatha Christie se hubiera sentido agobiada. ¿Saldría Cuba del hoyo provocando la gran frustración? ¿Por qué Argelio no se llevó a Juárez buscando un brazo fresco, en lugar de dejarlo en el pozo de las angustias, retando su propio desgaste físico y mental? ¿Cómo fue posible que César no sacara ese out que eliminaba a Marquetti? ¿Sería conveniente bolear a González para buscar el doble play por cualquier vía con el pesado Lázaro Pérez? ¿Qué tanto presionaba el recuerdo del kilométrico jonrón de Lázaro contra Denis Martínez en el Estadio de Quisqueya semanas atrás? ¿Podría Juárez neutralizar a quien le había disparado dos hits en tres turnos? ¿Se apagarían las luces? ¿Temblaría la tierra? ¿Resistiríamos la presión?
Nos sentíamos atrapados por un torbellino, conscientes de que nadie es dueño del próximo instante, y que en béisbol, contradiciendo a Diógenes, no hay nada escrito.

¿Quién puede saber lo que va a pasar una vez que la pelota sale de las manos del lanzador? Ese es el mayor misterio del béisbol, y ahí estaba Julio Juárez, escuchando el rugido de la multitud, imaginando al país tenso, estudiando las señas de Vicente, hinchando sus pulmones mientras acariciaba la píldora con su mano derecha, como pretendiendo ocultarla de la vista de todos. Se escuchaba a Sucre gritar más que decir: “Juárez coloca su pie en el montículo; todo el infield está agazapado con sus músculos estirados y los nervios atentos; González con su bate en alto, inclina su cuerpo sobre el plato, Julio se impulsa y aquí viene con su disparo. Ya no hay tiempo para rezar señores”.

Al borde del infarto
Ese sonido que produce la madera impulsada por un swing violento, de horizontalidad perfecta, cuando choca con el cuero, provoca escalofríos. ¡Qué clarito se escuchó ese impacto! Más de 30 mil pares de ojos se cerraron y se abrieron instantáneamente exigiéndole a sus corazones reactivarse. La línea seca de Urbano pasó silbándole a Juárez como una sinfonía macabra. Si continuaba hacia los jardines, el juego regresaba al kilómetro cero. No, no, eso no ocurrió. Jarquín se movió con precisión y su autoritario zarpazo ahogó la pelota en el guante de los milagros. Isasi intentó regresar a segunda, pero César fue más rápido concretando el más grande doble play en la historia de nuestro béisbol. La angustia había sido embotellada.

En ese momento, con el 2x0 resplandeciendo en la pizarra, el país estalló. Fue algo formidable que vio la vieja raza.

dplay@ibw.com.ni