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Furia matadora, eso fue lo que aplicó el Bóer en el propio inicio del sexto duelo, fabricando cuatro carreras a trancazos, para masticar las esperanzas de resurgimiento del Rivas y conquistar su quinto título en nuestro beisbol profesional, imponiéndose 7-1, cabalgando alegremente largo rato sobre el pitcheo del derecho Paúl Estrada, quien trabajó las cinco primeras entradas sin permitir hit ni carrera en un alarde de dominio, finalizando con una carrera y un hit en contra durante siete torturantes episodios para los sureños.

PAR DE TRANCAZOS

Hay un momento congelado en los corazones y las cabezas de los seguidores Indios: el swing de Jimmy González y la pelota viajando hacia la inmensidad de la oscuridad por encima de la pared del jardín izquierdo impulsando tres carreras, sin haberse producido el primer out. Después de haber visto a Paul Estrada manejar con tanta seguridad a los primeros bateadores del Rivas, la multitud seguramente pensó que esa ventaja de 3-0 podría tener el peso de una lápida para los Gigantes. Y pese a lo prematuro de la sospecha, así fue.

El suplicio no había terminado para el zurdo Frank del Valle. Después de ponchar a Jesús Valdez en una aparente recuperación, el jonrón de Raúl Reyes volvió a estremecerlo brutalmente. Fue un proyectil derriba aviones que dejó una estela luminosa mientras descendía detrás de la valla del jardín derecho, estirando la diferencia 4-0 en un arranque ofensivo casi perfecto de la Tribu. Cuando Germán Mesa salió disparado para llevarse a Del Valle antes de que se le ocurriera hacer otro lanzamiento de desenlace trágico, el brazo del pitcher estaba lleno de cicatrices. Su destrucción había sido rápida. Apenas pudo sacar un out.

EL SUPLICIO CONTINUÓ

Nadie podía atreverse a decir tan temprano que todo estaba consumado, pero con el establecimiento conseguido por Estrada en el montículo indio, dibujando con rapidez y maestría cero tras cero, enfrentándose al mínimo de 15 hombres en los cinco primeros episodios, pese al golpe y el boleto a Darrel Campbell, y el agregado de dos carreras por parte de la Tribu en el quinto, aprovechando un fly de sacrificio de Juan Carlos Torres y un error, los Gigantes, atrás 7-0, se veían tan reducidos como enanos aturdidos, sin saber hacia dónde moverse.

Incluso enviando una señal de vida en el sexto con el hit impulsador de Roberto Ramírez después de supuesta falla de Jimmy en fildeo y un pasaporte, Rivas no dio la impresión de estar en plan de recuperar el terreno perdido. Era demasiado brusco el contraste entre un equipo manejando las riendas del juego a su antojo, y otro sangrante, sin posibilidades, con su alma deambulando. La explosión de Del Valle, ver a Britton bateando tres veces para doble play, y buscar a De Caster sin encontrarlo, sumergido por completo, reflejaron la impotencia sureña.

DOS FIERAS PARA CERRAR

En el séptimo, por si las moscas como decían nuestros padres, otra estocada: doble de Campusano, roletazo para avanzar y largo batazo de Valdez al jardín central. La multitud que llenó el estadio quedando centenares afuera tratando de entrar, extendió su alarido hasta Rivas, que en ese momento, después de apagar radios y televisores, no tenía ni un farol encendido, y por supuesto, nadie amaneció preguntando por el resultado final del juego. Rodney Rodríguez, el pitcher de la triple corona, colgó el cero del octavo inning, y aunque no era necesario, ese francotirador que es Juan Carlos Ramírez entró en el noveno para terminar de apretar la soga en el cuello de los sureños, limitados a solo un imparable.

Obviamente, después de tanto sufrir y tanto padecer en esta final, como en el Martín Fierro, cada rivense tenía un callo en su corazón, mientras los indios agigantados, festejaban su quinto banderín.