Edgard Tijerino
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¿Cuándo hay que creerle a un boxeador cuando habla de retirarse? Esa es una vieja pregunta sin respuesta, sobre todo, cuando te encuentras en la cumbre, cabalgando alegremente sobre una racha exitosa, calificado como “el más difícil de vencer”, haciendo historia y acumulando riqueza.
A los 30 años, la fama y la fortuna ejercen una poderosa atracción. Entre pocos casos de razonamiento oportuno sobresale el de Rocky Marciano. Iba rumbo a los 33 años, estaba invicto y era el respetado y querido Campeón Mundial de todos los pesos. Dijo “no más” y se fue invicto con 49 victorias construidas a base de un poder que parecía venir crujiendo desde el cielo.
Recuerdo el retiro cierto de Carlos Monzón después de su segunda victoria sobre el colombiano Rodrigo Valdés. Hizo sólo dos peleas en sus dos últimos años como Campeón Mediano, una en 1976 y otra en 1977. Tenía 35 años y no volvió al ring, aunque se hundió en lo trágico. Un caso reciente, el de Ricardo “Finito” López, también con 35 años y sin retadores peligrosos, retirado en septiembre de 2001.
¿Cuántas veces escuchamos a Muhammad Alí decir que no pelearía más? Y después a Frazier, Foreman, Holyfield, Durán, Leonard, Chávez, Trinidad, De La Hoya y tantos otros de una lista más larga que el directorio telefónico de Nueva York. El boxeo es duro, incluso cruel, pero cuando te acostumbras a morar en las alturas, siempre te estás retirando y regresando, habitualmente hasta que el desgaste te estrangula.
Leonard no debió haber sido tan brutalmente vapuleado por Terry Norris; el increíble Alí fue terriblemente imprudente al aceptar enfrentarse a Larry Holmes en aquel momento.
Floyd Mayweather, pese a estar embriagado por “el glamour” de su esplendorosa victoria sobre Ricky Hatton, abre espacio a la posibilidad de no volver a pelear. “Hay tantos rivales que se mencionan, pero no tengo interés en fajarme con ninguno de ellos”, ha dicho.
Es algo sensato. Sumado todo, joven todavía, no golpeado, podría conseguir una montaña de billetes por su reciente pelea. Agreguen que no parece haber forma de ganarle, y en los diferentes laboratorios no se aproximan al descubrimiento de la fórmula. Es campeón desde 1998 y puede seguir siéndolo un largo rato. La grandiosidad y la riqueza le están haciendo señas.
Como Alejandro, puede preferir una vida boxística corta si ha sido lo suficientemente impactante, pero en boxeo, la tentación de los reflectores y las bolsas es comúnmente irresistible.
No, no creo que Floyd esté hablando en serio.