•  |
  •  |
  • END

Como diría Kafka, al despertar hoy, Oscar de la Hoya se encontró convertido en un “monstruoso” insecto. El impresionantemente ágil, audaz, mortífero y brillante, Manny Pacquiao, lo obligó a un dramático “strip tease”, desnudándolo por completo. De la Hoya parecía un fantasma desorientado entre las cuerdas, lento, sin ideas, sin punch, inutilizado por completo.

¿Quién imaginó semejante desequilibrio pese a la posibilidad de desgaste que desde hace un buen rato rodea a Oscar de la Hoya? No hubo pelea, porque Pacquiao fue tan abrumadoramente dominante, como Terry Norris destrozando a Ray “Sugar” Leonard. Vista desde cualquier ángulo y butaca: una noche infernal para quien ha sido uno de los más grandes peleadores de todas las épocas.

Hay momentos en que el silencio es ensordecedor. Como cuando la multitud de pie, observaba el retiro de Oscar, consciente que no tenía sentido alargar ese calvario. En los últimos dos rounds, de los ocho que pelearon, Oscar fue un moribundo terco.

En todo instante, desde el propio arranque, Pacquiao se mostró como una pantera combinando zarpazos, manejando ese jab derecho con precisión y repetición, abriendo espacio para una zurda terriblemente dañina. En tanto, la guardia del viejo león, con su dentadura crujiendo y sus garras recortadas, nunca logró cerrarse a tiempo y quedó expuesto a ese golpeo constante que provoca sufrimiento, abre cortes, abolla pómulos, inflama labios, dobla narices y también la voluntad de seguir en pie de lucha.

Si retrocedemos a Forbes, no vimos un De la Hoya desconocido. Resulta que el Muchacho Dorado, atrapado por la fuga de sus facultades, ya no admitía abrillantador, como llegó a ocurrir con Durán, con Leonard, con Chávez y con Trinidad.

Mejor Pacquiao atacando y defendiendo, pasando golpes, combinando sus manos, viniendo desde atrás con descargas, llevando un vértigo de espanto hacia De la Hoya como consecuencia de la utilización de su rapidez. Oscar se vio más indefenso que aquel borroso Trinidad frente a Winky Wright.

Para el filipino, entrar y salir golpeando fue tarea fácil. El rival tardaba en sacar sus reflejos del congelador, y sus golpes rectos estaban llenos de incómodas telarañas que le impedían desarrollo. ¡Diablos! No hay mayor drama en un ring que cuando los músculos endurecidos y cansados no pueden responder a los dictados del cerebro. Tenés idea de lo que debés hacer, pero no podés realizarlo. Pacquiao andaba en motocicleta y Oscar en silla de ruedas.

Lo insospechado: De la Hoya no pudo ganar un round y fue vapuleado en la recta final; en tanto, Pacquiao, como diría Carlos Mejía Godoy, mostró siempre “un resplandor extraño, como una aurora de media noche”. Mientras Oscar veía su futuro “amortajado”, Pacquiao gritaba: ¡Oh mundo, no puedo abrazarte lo suficientemente apretado! ¡Soy lo más grandioso del boxeo actual!

dplay@ibw.com.ni