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No había lugar para excusas, el mejor directo de Oscar De la Hoya fue admitir: “Pacquiao es muy rápido y esquivo. Se preparó muy bien, realizó una gran pelea y ganó sin la menor objeción”. El filipino, muy cortés, manifestó: “Sigues siendo mi ídolo”, frase que he escuchado muchas veces, incluyendo a Oscar De la Hoya reconociendo su admiración por Julio César Chávez.

“Me sorprendió su extraordinaria habilidad para moverse y disparar”, dijo el viejo pistolero desarmado por el joven e impetuoso púgil, que se adueñó del ring con cierta majestuosidad, controlando los cuatro puntos cardinales del cuadrilátero.

Oscar insistió en que consiguió una excelente preparación física, pero no hay reciclaje para los músculos con el paso del tiempo, que no perdona. La destreza cultivada desaparece cuando no encuentra los instrumentos requeridos.

“Él estuvo acertado en todas sus gestiones. No hubo forma de hacerlo permeable”, agregó admitiendo su inutilidad a lo largo de todo el combate. Es por eso que sorprendió verlo manejarse con discreción sobre la posibilidad de un retiro definitivo. “Voy a pensar sobre eso. Cuando uno tiene una mala noche y pierde con el mejor del mundo, no tiene por qué avergonzarse”, dijo Oscar todavía aturdido, a sabiendas que no hay nada que pensar.

Esa terquedad irresponsable de muchos boxeadores, mantiene maniatado a Oscar. Uno lo entiende con boxeadores que necesitan seguir arriesgándose cuando se ven sin fondos y no tienen más alternativa que continuar en la olla de presión.

Freddy Roach, del equipo de Pacquiao, consideró que la clave del dominio fue tomar rápidamente las riendas del combate. “Se trataba de no cederle espacio para accionar ni darle tiempo de pensar. Había que ser veloz, preciso y ejercer mucha presión. Manny hizo todo bien porque su preparación fue en esa dirección. Era muy difícil que De la Hoya lograra establecerse, y si se impedía eso, a medida que la pelea se alargara, el desgaste lo debilitaría. Y eso fue lo que sucedió”, explicó.

Frente a Hopkins, la decisión de Oscar fue no levantarse. Ahora tuvo que decir “no más”, para evitar que la paliza provocara mayores estragos y desembocara en un nocaut efectivo. No es la imagen que él quisiera retener sobre su retiro, pero la vida no es un programa de complacencias.