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Hay que ser un boxeador para entender a otro. El que boxea, no se parece en nada al que solo ve, piensa y no hace nada de lo que mejor sabe hacer. La verdad de la cosas es que ése es el momento de un final que nadie imaginaba: Oscar de la Hoya, apagado y sin alma ante el filipino Manny Pacquiao.

Hay una ley que puede ser cruel, pero es exacta, en la que uno debe crecer o, en caso contrario, pagar más por seguir siendo el mismo. Oscar se estaba comprando unos asaltos más dentro del boxeo, pero Pacquiao se encargó de restregarle la realidad en la cara de una forma humillante y despiadada.

Un buen boxeador expresa grandes cosas con un poco de su talento; a la inversa del mal boxeador, que hace cosas insignificantes con un boxeo tímido y pobre. Oscar fue como una sombra triste, sin recursos e impotente ante un crecido filipino.

En la última estrofa del himno de filipinas dice: “Tierra de dichas, de sol y de amores. En tu regazo dulce es vivir; Es una gloria para tus hijos, cuando te ofenden por ti morir”. Nadie le entendió cuando la cantó, y aunque pudo quedar opacada por la nominada al Grammy, Keyshia Cole, su significado fue todo un presagio.

Pacquiao sube con una canción de Robbie Williams, pero en Las Vegas, Oscar de la Hoya recibió mayor respaldo del público. Pacquiao fue más elástico en el primer asalto, pero Oscar decide no lanzarse para no arriesgar.

Un tremendo gancho de derecha del filipino, en el segundo asalto, crujió en la mandíbula de Oscar. Logró menos de lo que se propuso Oscar en la segunda vuelta, mientras Pacquiao aprovechaba.

Un tercer round más parejo, pero Oscar sembró una buena derecha y cambió el riesgo de buscar al filipino. La zurda de Pacquiao fue implacable y le volvió a dar la ventaja. En el cuarto, el jab de Oscar era muy tímido, sin poder y errático.

Oscar sintió lo que Chávez sintió cuando él lo enfrentó. Salió de ese asalto con el pómulo enrojecido. Pacquiao no mermaba, trastabilla Oscar en la quinta vuelta.

La derecha se quedó muerta en el sexto… Apaleado en el séptimo, Oscar no tira la derecha. Agonía flota, se percibe la llegada del mensajero de la muerte. Pacquiao se burla de Oscar, se deja pegar y no cambia el libreto de la pelea. De una sola cara en el octavo y en el noveno Oscar prefirió felicitar. Tenía la cara de un muerto, de alguien que había dormido el día anterior en su propia tumba, sin ser sorprendido por la muerte.