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Cuando todo terminó, con Oscar De la Hoya convertido en una pintura borrosa y hecha jirones, alguien salió del MGM, en Las Vegas, corriendo y gritando: ¡Han destrozado la “Mona Lisa” del boxeo!
Y continuó impulsado hacia el bulevar por una desesperación incontrolable y los ojos desmesuradamente abiertos, agregando: “Han desajustado su dentadura, transformado su enigmática sonrisa en algo grotesco; le han roto una ceja y escoriado sus pómulos; ha perdido el color y varias piedras han quebrado el vidrio protector”.

Ciertamente, lo que quedó de Oscar De la Hoya después de haber sido sometido a un castigo tan impecable como implacable, fue una ruina. En su noche más grandiosa, Manny Pacquiao estuvo golpeando brusca y magistralmente con un par de cinceles, con la maestría de Rodin elaborando su famosa escultura: El Pensador.

El violento filipino, quien viene consiguiendo coronas desde las 112 a las 135 libras en un alarde de suficiencia, no dio tregua. Incluso peleando atrás, manejó el primer asalto, y luego de pisar un poco el acelerador en el segundo, se volcó sobre Oscar, desarticulándolo primero y derritiéndolo después.

La rapidez de Pacquiao adquirió mayor incidencia como factor desequilibrante, al lograr el acompañamiento de descargas tan constantes como certeras. Su jab derecho fue clave, esencialmente por la forma con que se movió y por sus combinaciones destructivas.

Pernell Whitaker es un zurdo enmarañado, difícil de controlar, pero su planteo es más frontal y su movimiento engañoso es de la cintura hacia arriba, manejándose en cortos espacios. Pacquiao, en cambio, es un zurdo que utiliza el movimiento permanente de piernas con frenadas sorpresivas para ensayar descargas, penetrar y escapar disparando: un diablo.

Por momentos, De la Hoya veía venir dos pares de puños hacia él, y se quedaba. No atinaba qué hacer frente a un rival que se desplazaba hacia los dos lados y fabricaba ángulos para disparar desde diferentes posiciones, capaz acribillar. Seguramente Oscar llegó a desear una ametralladora para tener posibilidades de sobrevivir.

La izquierda de Pacquiao, oculta detrás de sus repeticiones de derecha, aparecía en escena como un arpón, rompiendo siempre la defensa cada vez más envejecida y vulnerable del púgil que llegó a tener una deslumbrante brillantez.

La multitud de 15 mil personas en el MGM no salía de su asombro. Round que moría hacía nacer otro más dominante de Pacquiao.

Los bombardeos de los asaltos 7 y 8, llevando a De la Hoya al borde del colapso, hicieron pensar que el árbitro Weeks detendría el combate, en el cual no estaba ningún título en juego, pero sí el deterioro físico de Oscar.

Fue entonces que el peleador que se quedó en la lona ante Hopkins, escuchando el conteo de 10 como Sinfonía de Beethoven, aceptó no seguir. El “hueso” de la inutilidad atravesaba su alma. Fue como si Pacquiao hubiera borrado toda la grandeza de su rival, del techo de la Capilla Sixtina.

dplay@ibw.com.ni