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Ni siquiera en los peores pronósticos de los seguidores de Oscar De la Hoya se imaginaban a su ídolo abrumado por la agresividad de Manny Pacquiao, ni mucho menos humillado al punto de quedarse con las manos guardadas, sin reaccionar ante un rival al que se suponía lo tendría que superar por mucho.

Estatura, alcance de manos, peso favorable para Oscar sobre Pacquiao --quien saltó de las 135 a las 147 libras--, y con eso más pegada y aguante; eran elementos de más importancia que debían ofrecer una reyerta muy distinta pero favorable para el “Golden Boy”.

Pero pocos contaban con que la agresividad y velocidad del Pac-Man dejarían en ridículo a uno de los mejores boxeadores de las últimas décadas, con sus seis títulos en distintas categorías pasando por encima de grandes del ring.

De la Hoya jamás encontró a Manny, quien como felino metía sus zarpazos en formas de jabs y ganchos, mientras dejaba a su rival buscando por dónde se había escapado el “fantasma” que tanto daño le estaba causando. Así pasó en todo la pelea.

A Oscar se le miró en varias ocasiones tirando golpes a las sombras, porque el Pac-Man ya había pasado hace mucho por ahí. Y como un efecto de cámara lenta, De la Hoya se veía desesperado disparando sus jabs de izquierdas --de sus mejores armas-- sin objetivo alguno.

Después del tercer asalto, en cada minuto, Pacquiao se encargó de destrozar con sus puños la imagen de inalcanzable del “Golden Boy”, y convirtió la pelea en la pesadilla de la noche, que sugería el inevitable retiro del ring de un seguro Salón de la Fama.

Podríamos agregar más argumentos a esta obra de arte, como la forma en que anuló el jab de izquierda de Oscar, la edad y el tiempo que no perdonó, o la habilidad del hombre más versátil sobre el cuadrilátero como lo demostró Pacquiao, una razón por la que no es nada remoto ser considerado el mejor libra por libra del mundo.

Pero lo más claro es que las habilidades de Oscar le dijeron adiós, aunque quizá no serían tan evidentes si el rival no hubiera tenido el peso boxístico del filipino.

Se ha cerrado un capítulo de un grande del boxeo, no tan doloroso como lo fue el adiós de Alexis Argüello, cuando perdió dos veces contra Aaron Priyor. Pero es un hecho, éste fue un “hasta nunca” de Oscar, del nivel que lo llevó a ofrecer batallas memorables.